El lujo. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzoligía nórdico-galaica] - Tomajazz - El lujo es el título de la entrega de Marcos Pin en la sección Jazzoligía nórdico-galaica

El lujo. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzoligía nórdico-galaica]

El lujo

Toni abrió los ojos contra la almohada, arrastró la cabeza hasta sentir la mejilla izquierda contra la tela y, huyendo de la peste a tabaco que los cabellos rubios desprendían tan cerca de su rostro, con esfuerzo y contención deslizó su cuerpo desnudo entre las sábanas, fuera de la cama. Una vez se hubo puesto en pie, recorrió con la mirada el suelo de aquella habitación hasta dar con la ropa de la que se había desprendido horas antes. Recogió todas y cada una de las prendas contra su pecho y abandonó la estancia de puntillas. Prefirió no cerrar la puerta de la habitación tras de sí, no fuera a ser que despertara la chica, cuyo nombre no recordaba, cuyo rostro olvidaría más temprano que tarde, cuyo tacto ya se había desvanecido en su memoria. Toni nunca fue muy de hablar al día siguiente. Tampoco lo era del día anterior: la mayor parte de las veces eran su aspecto impecable, la cuenta del restaurante caro que, por supuesto, pagaba, el deportivo…, cosas como esas, las que hacían el trabajo. Como decía Moncho, el portero de la urbanización: «Esas cosas sustituyen a la labia; más es mejor». Se vistió con prisa en el salón contiguo, tan desordenado. Nada más ponerse la americana, se palpó el costado, comprobando primero que la cartera seguía allí; luego la sacó del bolsillo interior, la abrió y miró dentro para ver que todo estuviera en el orden que vagamente recordaba, finalmente la volvió a su sitio. Abrió la puerta del apartamento con mucho sigilo, pero esta vez no le importó cerrarla de un portazo nada más cruzarla; «el peligro ya ha pasado», pensó, y sonrió maliciosamente al imaginar que la muchacha se habría despertado sobresaltada y descolocada.

Ya en la calle, no le demoró recordar dónde había aparcado el coche. Como siempre que lo hacía al aire libre, allí donde fuera que estacionaba, tarde o temprano, se arremolinaban curiosos: niños y jóvenes en su mayoría, aunque nunca faltaba el hombre de mediana edad —que a Toni siempre le parecía el mismo—, quien disfrutaba imaginando que era dueño de aquel coche tan caro. Toni siempre detectaba la envidia en sus ojos nada más abrir la puerta; así como también notaba la admiración e idolatría de los más jóvenes, entre los cuales siempre había algún muchacho que, sonriente y vivo, se atrevía a preguntarle: «¿Me das una vuelta?». En esos casos, Toni se limitaba a devolverle la sonrisa y, quizá, si se terciaba —siempre que no se viera muy sucia—, a despeinar su cabellera antes de subir al coche, arrancarlo y, luego de un rugido de motor provocado, desaparecer para siempre de la vista de aquellas gentes; pero no así del compendio de anécdotas que más de uno de aquellos jóvenes guardaría en forma de recuerdo de por vida.

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En apenas quince minutos realizó un trayecto de veinticinco o media hora; a Toni le gustaba ganar tiempo evitando detenerse en los semáforos. A esa hora, primera únicamente para él y los de su estatus, no le gustaba conducir. Aunque jamás lo confesara, no consideraba a los demás conductores, que en su mayoría trabajaban —pues iban a, venían de o estaban en ello—, dignos de compartir el mismo asfalto con él. En secreto, creía que era injusto llevar un coche como el suyo por aquellas carreteras, las mismas e iguales para todos; cuánto más, tener que acatar idénticas reglas y normas de tráfico. Naturalmente, él nunca expresaría ese sentimiento íntimo en voz alta, aunque, como a la mayoría de los de su alcurnia, se le notaba en la mirada. Nadie puede escapar nunca a la transparencia que posee la mirada. Subió las ruedas delanteras a la acera y cerró los ojos mientras aguardaba a que la puerta automática del garaje terminara de abrirse. Caviló así brevemente en qué podría hacer para matar el tiempo esa mañana. «¿Practicar? ¡Maldita la gana!». Porque anoche había perdido el trabajo en el club, tenía en mente hacer alguna llamada. A pesar de que no le importaba lo más mínimo que ya no contaran con él, creía necesario encontrar un nuevo lugar de residencia para su banda. A fin de cuentas, la de músico de jazz era su profesión, o por lo menos la que había dicho a su familia que ejercía; en cualquier caso, era bien sabido que no necesitaba ninguna. Continuó barajando mentalmente posibles lugares adónde llamar; aparecería alguno; y si no fuera así, tenía en mente otro proyecto: el de abrir su propio club. Por supuesto, su padre no sólo no pondría ninguna pega al respecto, sino que también lo financiaría con gusto; aun a sabiendas de que aquello no dejaba de ser un capricho más. Daba vueltas vagamente a todo aquello cuando un par de golpes secos y fuertes, que hicieron retumbar el cristal de la ventanilla, lo sobresaltaron repentinamente: ¡Toc, toc!

—¡Qué coj…!

—¡Abre, coño! ¡Que ya era hora!

Toni apretó el botón de bajar la ventanilla al tiempo que saludó sorprendido:

—¿¡Tío!?… ¿Qué haces aquí?

—Esperar a que llegues, gilipollas. ¿Qué voy a hacer? Venga, mete el coche de una vez y abre —señaló el majestuoso portal del edificio—, que tengo que hablar contigo. ¡Apura!

Obedeciendo la orden de su tío, una vez hubo aparcado el coche y saludado a Moncho de camino al ascensor, que trabajaba en el garaje, Toni no tardó en subir al apartamento y accionar el botón del telefonillo que abría la puerta automática de entrada, dando paso así al hombre obeso de traje caro que era su tío: a pesar de las prisas, subió por la escalera a paso lento.

Toni lo aguardaba en el rellano.

—¿Por qué nunca usas el ascensor? Acalorado y jadeante, el tío refunfuñó:

—¡No toques los huevos, chaval! —De un codazo, apartó a un lado a su sobrino antes de entrar en el piso—. Ya sabes que no me gustan —añadió—. Son cosa del populacho —concluyó despectivamente.

—Querrás decir lo contrario —protestó Toni mientras cerraba la puerta. Su tío giró el cuerpo rechoncho y sudoroso en el vestíbulo para encararlo.

—¡Pero qué idiota eres! —soltó, al tiempo que se deshacía de la gabardina y del sombrero—. No eres capaz de ver que esas comodidades tan ridículas sólo las disfrutan los muertos de hambre, que, como tú —movió el brazo adelante y atrás, como si repartiera cartas, a la vez que señalaba en derredor y seguía hablando—, tienen que subir escaleras para llegar a sus casas —soltó una risotada despectiva—: ¡Ja, ja, ja! ¿Acaso no te tengo dicho que tener un piso es tener aire? Sólo eso…: aire. ¡No me mires con esa cara de pánfilo! Aire, sí. Aire. El terreno es lo único que cuenta. Lo único que cuenta y lo único que vale. ¿Qué piensas que quedará cuando tiren todo esto?…

—No lo sé —interrumpió Toni—; dímelo tú, que el edificio es tuyo.

El tío de Toni sacó un pañuelo del bolsillo y secó el sudor que le resbalaba por la calva.

—Pues claro que es mío. Si no lo fuera, a buenas horas tendrías dónde caerte muerto, ¡inútil!

Toni bajó la cabeza mientras caminaba detrás de él, que se adentraba en el espacioso e iluminado salón, donde dejó caer el gran peso de su cuerpo sobre uno de los sofás de cuero negro.

—Ya me han contado que te han dado puerta en el club —dijo sin rodeos, planchándose el pantalón con la palma de la mano contra el muslo.

Toni hizo como que no había oído. Abrió el mueble bar y tomó una de las botellas.

—¿Lo de siempre, tío?

Su tío no respondió a la pregunta, pero sí continuó con el discurso:

—Me han dicho que te cambian por un muerto de hambre —no fue capaz de retener una sonrisa maliciosa—: ¡Jo, jo! ¡Manda cojones, Toni! —Su sobrino no tardó en extenderle una copa que aceptó y posó sobre una mesita de salón a su izquierda. —¡Eres un inútil! —meneó la cabeza antes de concluir—: ¡Un verdadero inútil!

—Da igual —se defendió Toni, que optó por permanecer de pie—. No estaba contento y… pensaba irme.

El obeso tío de Toni hizo rechinar el cuero del sofá al incorporarse enojado y gritar:

—¡A otro perro con ese hueso, soplagaitas! ¿Me tomas por gilipollas? Toni negó de inmediato con la cabeza y, como un niño, quiso defenderse:

—Es cierto, tío… —Buscaba las palabras mientras aquel hombre sentado frente a él bebía ahora de la copa que le había servido—. No lo he hecho antes por no faltar a tu amigo, el dueño…

—¡Vete a la mierda, Antonio! —interrumpió despectivamente y dando un golpe al dejar la copa vacía sobre la mesilla. Entonces se reclinó de nuevo contra el sofá, apoyando la cabeza contra el respaldo, como si mirara al techo, cerró los ojos y dijo en tono mucho más calmado: —Un tal Tim…, es a ese a quien piensan poner en tu lugar, ¿verdad? He preguntado por ahí —se sujetó el puente de la nariz con dos dedos de la mano, a modo de pinzas—: ¿lo conoces? —Miró a su sobrino directamente.

—Claro…

—Supongo que sabes que es un don nadie…, el muy gilipollas no tiene dónde caerse muerto…

—Bueno…, sí —titubeó Toni—, pero no es mal músico…

—¡¡Y quién cojones está hablando de eso!! —interrumpió alzando considerablemente la voz—. Es que no aprendes —gritó al tiempo que repiqueteaba la sien con el índice. —¡No aprendes, no aprendes!… ¿Qué tendrá que ver si es bueno, malo, alto, bajo, tonto, listo, negro o marrón…? El idiota es un muerto de hambre y esto nada tiene que ver con la música… ¡Punto! —No sin cierta dificultad, se levantó violentamente y encaró al sobrino, que permanecía cabizbajo frente a él. Fue por ello que ordenó: —¡Mírame cuando te hablo, cojones!

Toni alzó la vista.

—Explícame tú, que eres tan listo, Antoñito, qué tiene que ver esto de la música con ser bueno o malo; venga, dime, ¡idiota! ¿No ves que no te enteras? ¡A ver si me vas a salir romántico tú! Porque lo que es gilipollas…, ya eres. ¡Tontolaba! Si te lo he dicho más de una vez. Pero no escuchas, ¡cojones! La música, esta música de mierda que tú haces, sí, de mierda, no me mires así, de la más cerda…, es música de ricos —sentenció—. Mételo en la cabeza —golpeteó de nuevo su sien a la vez que insistía—: De ricos, sí, de ricos. Y como tal, ha de tenerse en cuenta y consideración. —Tomó aire, acalorado—. ¿O acaso piensas que el currito de la obra, o el panadero, el mecánico, ¡las putas!… te van a silbar al…, cómo ostias se llama ese…, al Carter de los huevos?…

—Parker —corrigió Toni.

—¡Ese, hostia! Pero qué más da, son todos iguales… —Tomó la copa de la mesilla, pero viendo que estaba vacía, lanzó la orden—: ¡Y llena esto, cojones!

Toni se apuró en tomar la copa de manos del avasallador y llevarla al mueble bar, donde se puso manos a la obra y preparó diligentemente un segundo cóctel. Mientras lo hacía, más calmado, el que era hermano menor de su padre continuó hablando:

—¿Acaso piensas que el jazz es para pobres?, ¡¿eh?! Habría que ser muy tonto, un estúpido, para no tener un puto duro y dedicarse a tocar esa mierda de música que hacéis. ¡Ja, ja, ja! ¿No crees? ¡Ja, ja! Sería como tener sed y beber arena. ¡¡Ja, ja, ja!! —Cada vez reía con más fuerza, orgulloso de su ingenio comparativo—. Fumar para la tos…

Toni se acercó y le tendió la nueva bebida.

—Para esa sed —dijo, intentando hacer gracia.

Su tío no bebió directamente: al igual que había hecho antes, dejó la copa sobre la mesilla y siguió improvisando ejemplos:

—…amarrar la bicicleta a un puerto… Ya me dirás quién si no daría un duro por esa mierda que tocáis: que ni para bailar sirve ya…

Toni se mantuvo de pie como había hecho con anterioridad, temeroso ahora de que si tomaba asiento alargaría aún más la visita de su tío. Mientras él no dejaba de hablar de aquella manera, pensó en la muchacha con la que había pasado la noche, cuyo nombre no recordaba —o no había llegado a saber nunca— y su rostro había, como de costumbre, ya olvidado. Aun así, por primera vez sintió cierto arrepentimiento por haberse largado tan pronto de aquel apartamento. Cualquier cosa mejor que la tortura a la que aquel hombre le estaba sometiendo, que disertaba ahora acerca de lo caros que eran los instrumentos, que ningún pobretón podría permitirse uno, «¡¿cómo van entonces a vivir de esto?!», reía; quejándose también del mucho dineral que le había costado el de Toni, y los discos que le había producido, los tantos amigos a los que había tenido que pedir favores para que pudiera hacerse un nombre en el mundillo del jazz; incluyendo al que hace décadas fuera su compañero de pupitre y ahora era dueño del club del que acababa de echar a su sobrino junto al grupo.

—…pero escucha: he de hablar con ese gilipollas —apretó los dientes en señal de rabia—. Ya era mamón en la escuela y lo sigue siendo. —Se giró para tomar la copa, sin embargo antes de cogerla señaló a Toni con el índice y dijo—: Porque a ti te habrá echado, el muy mierda, pero te juro que, al muerto de hambre que ha puesto en tu lugar, hoy mismo le da la patada. De eso me encargo yo, ¡como que…!

No llegó a terminar la frase. Tomó la copa y bebió con avidez. Momento que Toni aprovechó para inquerir:

—Tío, no me digas que has venido hasta aquí por eso…

—¡Ah! —interrumpió, derramando algo del cóctel al hacerlo. —¡Joder!, casi lo olvido —se levantó del sofá con dificultad y caminó hasta su sobrino, a quien tendió la copa vacía, dijo—: He venido para decirte que me ha llamado el concejal. —Dio un par de palmadas sobre el hombro del muchacho y acto seguido tomó la gabardina—. Este año también dan el visto bueno al festival.

Toni sonrió sin tapujos.

—¡Sí, señor! —afirmó su tío—. Y, por supuesto, siguen queriendo que el director artístico seas tú; ¡¿quién si no?! Je, je. Y mira, otra cosa buena —dijo de camino a la puerta—: este año el presupuesto es de bandera. —Silbó una nota ascendentemente y luego se besó los dedos índice y pulgar a la vez. —Así que, ya sabes, nada de grupillos de aquí: todo de fuera. Y tú, bueno, tú como siempre: escoge a los mejores y monta un proyecto guapo; es tu festival.

Mientras su tío se colocaba el sombrero, Toni pensaba ya en grandes nombres. A los que llamaría cuanto antes para su propio proyecto dentro del festival. Otros años, con menor presupuesto, había tenido que recurrir a músicos nacionales, pero este año iba a ser diferente: sólo contaría con los más famosos. Junto a los que añadiría su nombre como líder.

El portazo que dio el tío al salir sacó a Toni del ensimismamiento de repente. Recordó la chica que había abandonado durmiendo plácidamente esa mañana y sonrió aun más al imaginarla, como él ahora, sobresaltada. No conseguía recordar su rostro, jamás lo haría, pero igualmente imaginó la portada de un disco. El título lo tenía: el lujo.

Tomajazz: © Marcos Pin, 2026
Imágenes generadas con Sora, basadas y derivadas a partir del relato El lujo. Prompt Engineer Pachi Tapiz.  © Tomajazz, 2026

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