La libertad. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica] - Tomajazz - La libertad es el título del relato de Marcos Pin en su sección Jazzología nórdico-galaica

La libertad. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica]

“Jump On It” Por Marcos Pin · Pablo Castaño · Sergio Gonzalez.
A Week Ahead.
℗ 2024 Marcos Pin

La libertad

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Siempre me ha gustado tocar solo. Imaginar el sonido de los instrumentos que no están presentes es algo que me resulta de lo más placentero. El silencio de la sala, el sutil movimiento del aire con cada nota…, el sonido, sin prisa por desaparecer. Sonido y silencio. Es una sensación similar a la que se vive en sueños: no estás, observas, escuchas la soledad, sientes sólo cómo el sonido de las notas te suspende, te eleva…, transforma…, susurra…

—¡¡A las buenas!!

Por supuesto, escuché la puerta… abriéndose repentinamente. Lo hizo como si el que acababa de entrar graznando el saludo le hubiera propinado una buena patada desde fuera, en vez de empujarla suavemente. Pero yo seguí tocando, intentando permanecer lo más sumergido en mi mundo como me fuera posible, sin alzar siquiera la cabeza. Pero él hizo aún más ruido después de haber entrado: escuché cómo arrastraba una silla y tomaba asiento frente a mí. Luego dijo:

—¡Cuánto tiempo!, ¿no?

«Un par de frases más, por favor».

—¡¡Eh, profe!! Despierta. Ja, ja, ja.

«Aunque sea sólo este coro».

Arrastró la silla de nuevo para acercarse aún más a mí.

En ese momento recordé brevemente mis años de estudiante. Cuando al entrar en clase mi profesor tocaba. ¡Qué delicia! Siempre aguardaba en silencio a que diese el último acorde. Y cuando lo hacía, nunca sabía si aplaudir o saludar. A mí, los estudiantes nunca me dejaban acabar la pieza: siempre interrumpían, y me daba la impresión de que lo hacían porque les molestaba. Improvisé un acorde final que no venía a cuento. Alcé la cabeza. Él estaba sentado frente a mí, hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas de las piernas abiertas. Había dejado su instrumento contra la pared.

—¡Hombre! Hoy has venido —dije a modo de saludo.

—Sí. Hoy me coincide bien el horario. ¿Qué era eso que tocabas?

—Un standard…

—Un viejuno —soltó con afán descriptivo, cortándome antes de que yo pudiese decir el título. Añadió—: ¡Dónde han quedado esos tiempos!, ¿eh? Je, je, je.

—Bueno, más años tiene la música de Mozart, y sigue ahí: más viva que…

—¡Puf! —esbozó una sonrisa despectiva y de lo más irónica al exclamar; después agitó la cabeza disconforme.

—¿No te gusta Mozart? —me sentí en la obligación de preguntarle.

—Supongo.

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Alcé las cejas, abriendo los ojos para mostrar mi extrañeza; aunque no osé preguntar, ahora fue él quien se sintió obligado a aclarar su respuesta:

—A ver —comenzó titubeante—, no sabría decir… —Aplanó los labios, uno contra el otro, poniendo lo que se dice cara de pato. —Quitando la de la caja de galletas y el CD ese…

Agrandé otra vez los ojos, como platos esta vez, mientras escuchaba. Después de tararear Pequeña serenata nocturna con la letra del chiste, continuó hablando tranquilo hasta concluir:

—No le he escuchado ninguna otra.

No dije nada, me limité a fingir fastidio, aunque ya me habían dado respuestas similares otros estudiantes otras veces.

—¿No lo sacas? —pregunté, a la vez que señalaba su instrumento, que permanecía en la funda apoyado en la pared, donde lo había dejado al entrar, justo al lado de la puerta.

—Nah, no hace falta. Venía, más que nada, para hacerte unas preguntas…

—¿Estás practicando? —Paradójicamente, fui yo quien hizo la primera. Apartó la mirada antes de responder:

—Bueno, ya sabes…

—¿Lo qué? —interrumpí. A pesar de que, de algún modo, conocía la respuesta, hice como si la fuera a escuchar por primera vez.

—No creo en la práctica.

Fingí sorpresa por segunda o tercera vez desde que aquel muchacho había entrado en el aula aquella mañana.

—O sea, que no lo has hecho.

—¿El qué?

—Practicar.

—No sé a qué te refieres —dijo—. No puedo hacer algo que no existe. —Dibujó cara de extrañado en una mueca. Yo lo miré desconcertado y sacudí la cabeza sugiriendo que no entendía. Aunque no tenía por qué, tampoco se lo había pedido, quiso brindarme una explicación más convincente y aclaró:

—Si todos practicáramos lo mismo, todos tocaríamos igual. Yo soy de esos que creen en la personalidad…

—¿Cómo… en la personalidad? —quise saber más.

—Sí, sí…, en uno mismo…

—Individualidad, entonces.

—También… —otorgó—. No voy a poner en juego mi voz propia y única —se llevó la mano derecha al pecho— haciendo esos mismos ejercicios que pides a todos tus alumnos que practiquen.

—Hombre, son cosas básicas… que todos tenemos que dominar para ser capaces de tocar esta música —aclaré—: transcribir, trabajar el tempo, el sonido…

—Ya, ya, ya —interrumpió. Y tras realizar una pausa, durante la cual pareció cavilar, añadió—: Esas cosas de las que hablas son innatas; no necesitan ser practicadas.

—¿Tú crees?

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Dijo «sí» con el movimiento de la cabeza, arriba abajo.

—En parte tienes razón —quise sonar conciliador—. Muchas personas tienen un buen oído y un tempo excelente desde siempre, desde que nacen, pero siempre se puede mejorar. No te quepa duda…

—¡No estoy de acuerdo! —se expresó categóricamente, pisando de nuevo mi discurso—. Si yo mejorase mis talentos, ya no sería yo mismo…

—Eso es absurdo… —lo corté yo ahora.

—No lo es —rebatió, levantando el dedo índice de manera aleccionadora delante de mis ojos, y añadió—: Si practicara, sería siempre para poder parecerme a otro que no soy yo.

Sacudí la cabeza.

—Sí, sí, profe —continuó— Pondré un ejemplo —entonces caviló durante un par de segundos antes de sugerir—: Mi sonido…

«Es horrible», pensé yo.

—Siempre me estás poniendo ejemplos de lo que es un buen y un mal sonido —explicó.

—Cierto.

—Y de esa manera me obligas a la comparación, ¿no?

—Claro —asentí, certero de mí mismo.

—Pues eso.

—Pues eso…, ¿qué?

—Que no quieres que suene como yo mismo, sino como alguno de esos otros que te gustan más a ti.

En ese instante no supe exactamente qué decir, tan sólo exclamé, y de manera inconsciente:

—¿¡Cómo!?

Mi alumno agitó las manos como si buscase algo en el aire antes de proseguir:

—No hay mucho que explicar, profe, está claro. Para ti, un buen sonido es el que te gusta, es tu gusto personal el que dicta; y vosotros, los profesores, intentáis por todos los medios imponer vuestro parecer, claro…, es lógico; no deja de ser una especie de dominio hegemónico…

—No te sigo… —Hubiera pronunciado su nombre si lo hubiese recordado, pero aquel muchacho apenas había asistido a un par de clases en lo que llevábamos de curso, y siempre distanciadas en el tiempo.

—A ver —dijo, con el propósito de ser claro—, el jazz es libertad, ¿no? Se basa en eso, ¿verdad? Se supone que el músico puede tocar a su manera…

—Hombre, hay un lenguaje —interrumpí.

—Esa es otra —replicó, cambiando de tema por mi culpa—: Llamar lenguaje a la música…, ¿no es un poco pretencioso?

No pude abrir más los ojos. Continuó dando su explicación:

—¡Jo!, si la música es un lenguaje, ¿por qué el lenguaje no es música? Yo creo que eso no es así. Es un camelo. La música es música, y punto.

—Pero comunica emociones…

—Ya, ya, sí… y mi gato arañando el sofá también, pero no es música…, ¿o sí?

—Hombre…

—Si lo fuera, ¿qué dirías de su sonido?

La pregunta me paralizó por completo. A pesar de que había sonado a desplante, era obvio que no pretendía serlo. A modo de réplica, conseguí articular:

—Pero… estamos hablando de un estilo, de unos cánones…

—No, no, no —agitó la cabeza repetidas veces con decisión e ímpetu—, no me lo creo, no. El jazz es algo más que un estilo, te lo he escuchado decir mil veces: el jazz es una filosofía, un modo único de hacer música, una música diferente.

Reconocí en aquellas palabras las mías. Siguió:

—Una búsqueda personal. ¿No es así?

—Muy cierto.

—¿Y por qué todos buscáis la uniformidad…, el famoso standard? Porque el estándar no es sólo eso que estabas tocando cuando entré. Standard es también el modo en que tocáis todos. Creo que, de algún modo, os han convertido en lo mismo…

—Explícate mejor —demandé dominado por cierto sentimiento de ansiedad. Pero justamente en aquel momento, en el que la conversación se había tornado muy interesante, sonó el toc-toc de nudillos en la puerta, previo a su apertura. El estudiante de la hora siguiente asomó entonces la cabeza con un «¿se puede?» en la boca, y en aquel instante me entraron ganas de gritarle «¡largo de aquí!».

—Ya es la hora —anunció mi interlocutor antes de levantarse de su asiento.

—¡Espera! —exclamé impulsivamente, haciendo ademán de sujetarlo con la mano—. ¿Cómo que «nos han convertido en lo mismo»?, ¿a qué te refieres? —quise saber previamente a dirigirme al alumno recién llegado, un excelente estudiante de intercambio, que aguardaba pacientemente en la entrada a que yo le diese paso—: Mimos —le dije—, por favor, danos un minuto. —Atentamente, el muchacho cerró la puerta, aguardando fuera.

El muchacho que tenía enfrente, en vías de abandonar la clase, tomó su instrumento y lo cargó al hombro antes de responder mi pregunta:

—Bueno, yo creo que el jazz, aunque quizá en un principio pretendiese todo lo contrario, se ha convertido en puro reflejo de la sociedad actual, de esa sociedad que habita el país en que surgió — hizo una breve pausa antes de concluir—: una sociedad castigada por la falsa libertad.

Luego abrió la puerta y, sin esperar a ninguna posible réplica por mi parte, se dirigió al otro estudiante, que aguardaba—: Hola, Mimos —saludó—. Todo tuyo. —Le dio paso.

—¡Gracias! —correspondió el griego.

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Yo estaba a punto de gritar «¡Ven la semana que viene!», pero no lo consideré eficaz con la puerta de por medio, que Mimos acababa de cerrar. Mientras sacaba ahora su instrumento de la funda, yo puse el mío a un lado. Me hizo saber:

—Ya acabé de transcribir el solo. Y ya lo puedo tocar con el metrónomo en el dos y el cuatro a noventa. —Sonrió cargado de orgullo, anhelando mostrarme el mucho trabajo que había realizado durante la semana.

Yo lo miré pensando en otra cosa. No pude evitar arrojarle la pregunta:

—Mimos…, ¿qué es para ti la libertad?

Tomajazz: © Marcos Pin, 2026
Imágenes generadas con Sora, basadas y derivadas a partir del relato La libertad. Prompt Engineer Pachi Tapiz.  © Tomajazz, 2026

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