El fantasma. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica] - Tomajazz - "El fantasma" es el título del relato de Marcos Pin en su sección Jazzología nórdico-galaica. Marida la historia con el tema "The Clown" de You Waited For It

El fantasma. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica]

“The Clown” del disco You Waited for It de Marcos Pin feat. Dani Domínguez & Alfonso Morán © 2022 Marcos Pin

El fantasma

El fantasma. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica] - Tomajazz - "El fantasma" es el título del relato de Marcos Pin en su sección Jazzología nórdico-galaica. Marida la historia con el tema "The Clown" de You Waited For It

—¡Coño, que no lo quiero ver delante y punto!

Cuando Tin entró en el club, se encontró con el dueño y un extraño, un caballero grueso, trajeado y fanfarrón en ademanes. Ambos discutían acaloradamente. A Tin, aunque no sabría decir de qué, las facciones del extraño le resultaron familiares. «Quizá una de esas personas que aparecen y desaparecen en los conciertos», pensó. Nada más pisar la sala, se fijó en que reñían frente a frente, con sendos vasos de güisqui de por medio, confrontándose uno a cada lado de la barra. Curiosamente, a Tin no sólo le descolocó el silencio repentino que provocó nada más hacer acto de presencia, sino también el hecho de que el propietario ocupara el lado de la barra destinado a los clientes, mientras que, por el contrario, aquel otro hombre disponía del espacio interior como si fuera suyo, como si del mismísimo camarero se tratase; por supuesto, no lo era; el de verdad no había llegado todavía. Alertado por la mirada severa que lanzó el extraño al músico, el dueño del local se giró bruscamente hacia la entrada. Ninguno de aquellos dos cincuentones brindó saludo alguno; en vez de ello, después del silencio incómodo, rompieron a hablar a la vez; el desconocido masculló entre dientes:

—Hablando del rey…

—¡Muchacho!, ¿qué haces aquí tan temprano?

—He quedado con alguien que se unirá a la banda esta noche. Al propietario se le pusieron los ojos bizcos; buscó saber más:

—¿Un invitado?

Tin asintió, pero antes de que pudiera decir «Sí» y explicarlo con propiedad, el dueño protestó con palabras que sonaron a disparo verbal a bocajarro:

—¡Pero no me costará más!, ¿no? —y aprovechó para recordarle—: Ya sabes que no pienso poner un duro. —Esto último lo dijo girándose hacia la barra, buscando complicidad en la mirada del caballero trajeado que ocupaba el lado opuesto, quien en ese instante apuraba un vaso de güisqui, sin parecer percatarse de aquello que acontecía; mirándolo beber, añadió—: Ya suficiente pasta me sacáis, para la poca ganancia que dais. El del traje reprimió un eructo sin éxito ni verdadero esfuerzo, a la vez que levantaba una de las botellas, para luego rellenar el vaso vacío que previamente había dejado sobre el mostrador. Empero, demostrando así que había prestado cierta atención,

masculló de nuevo, en esta ocasión con los dientes apretados:

—¡Son todos iguales…! ¡Vagos de mierda!

—Había quedado con Lucas —explicó Tin, simulando no haber oído aquello.

—¡Lucas! ¿Desde cuándo ese inútil dispone así del local? —rompió el del club, mientras su amigo, desde el lado sobrio de la barra, asentía enfáticamente, en señal de apoyo incondicional al hostelero, que continuó hablando—: ¡Dichoso camarero! — golpeó la barra con el puño—. ¿Quién cojones le da permiso para citarse aquí con nadie?

¡Este sitio es mío!

—Bueno… —Tin quiso calmar los ánimos, añadió—: como es él quien abre

siempre…

—¡¡Porque se lo mando yo!! —interrumpió el propietario exclamando repentina y violentamente, dando más golpes sobre la barra, a cada cual de mayor intensidad y con el dorso de la mano, fuertemente cerrada en un puño—, ¡¡cojones!!

—¡Ahí, ahí! —alentó el amigo—. El obrero obedece, ¡hostias! O-be-de-ce; las cosas, como tienen que ser, coño: ¡como dios manda!

Incentivado por el apoyo recibido del amigo, quien movía la cabeza arriba y abajo en señal de aprobación, el dueño del club no fue capaz de contener un halo de orgullo que le descompasó nerviosamente la respiración; al proseguir con la reprimenda, tartamudeó antes de arrancar la frase:

—Po – po…, porque el que ma – ma – manda aquí soy yo, ¡hostia!, ¡¡Yo, sólo yo!!

—se hizo daño en el dedo al golpearse el pecho con el índice de la mano diestra, que acto seguido agitó, con un tembleque que pretendió disimular al fingir excitación y enfado, para después posar la palma con suavidad sobre el mostrador y acariciar suavemente la madera; sin que ello se notase, miró el dedo de reojo: temblaba, pero no barajó el detenerse; con voz alzada, prosiguió—: En este puto bar se me toma siempre por el pito del sereno. Y no me refiero al de soplar, ¡carajo!… ¡Ya está bien! ¿Desde cuándo tienes tú llave?

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Tin alzó las cejas sorprendido.

—¿Llave? —preguntó con cierta timidez.

—¡No me toques los…! ¿Eres uno de esos músicos sordos?

El hombre trajeado rio, y al hacerlo se atragantó con uno de los tragos. El dueño continuó:

—Llave, sí, llave; ¿cómo has entrado si no?

Tin miró hacia atrás, buscando fugazmente la puerta, y luego regresó la vista al frente antes de responder:

—Estaba abierto.

En ese momento se produjo un silencio cortante que quebró al compañero del dueño, quien, desencajado y con tono dramático, soltó:

—¿No te dije que cerraras?

El propietario agitó la cabeza. Luego, ya más calmado, respondió:

—No sé… —Miró el reloj en su muñeca como si la hora tuviese importancia—, se me habrá pasado.

—¡No jodas!, ¡coño! —se quejó el fanfarrón, añadiendo—: Que nos podían haber pillado, hostia… —Y pasó el brazo sobre la barra, limpiando algún resto blanco con la manga de la chaqueta—. A ti te dará igual —dijo—, que eres, a mayores de hostelero muerto de hambre, gilipollas absoluto; ya lo eras en el colegio, ya, ya lo eras…, y, coño, con el tiempo te has venido superando… Mantienes el listón bien alto…

—¡Hombre…! — el aludido protestó sin alzar la voz, más avergonzado ante Tin que en verdad ofendido. El fachendoso al otro lado de la barra no consideró detenerse:

—Sabes de sobra que tengo una reputación que mantener, ¡coño! Tengo una

imagen… y aspiraciones. Cosa que tú…

—¡Joder!, se me habrá pasado —interrumpió, ahora sí, mostrando cierto enfado—

. Sabes que venía meándome…

Sucedió en ese preciso instante que todos escucharon el cierre de la mismísima puerta de entrada sobre la que discutían acaloradamente: aquella que Tin había cruzado minutos antes. Un par de segundos después, como si de una aparición se tratara, la vista de todos se posó en la imponente figura encapuchada, de porte alto y estilizado, que irrumpió en la sala de conciertos con la más majestuosa silueta y profunda calma.

—¡Ya estás aquí! —anunció Tin a modo de saludo.

—Hola, Tin —respondió el recién llegado—. Muy buenas —añadió, dirigiéndose en segundo término a los dos cincuentones.

El músico estrechó la mano al recién llegado y posteriormente se giró hacia el dueño, con la mera intención de presentar a aquel hombre; dijo:

—Este es…

Sin embargo, fue en ese mismo instante en el que se deshizo de la capucha, empujándola con firmeza hacia atrás a la espalda y descubrir su rostro, que al cincuentón que ocupaba el lugar de Lucas, el camarero, se le fugó un «¡Ay!» que sonó a incontenible suspiro. Esto ocurrió a la vez que el propietario, sonriente como Tin nunca antes lo había visto, se limpiaba la palma de la mano contra el pantalón y daba un decidido paso militar al frente, extendiendo su brazo al recién llegado. Bruscamente, interrumpió las educadas intenciones de Tin al pronunciar, tartamudeando, con la boca seca de güisqui y nervios:

—¡Madre mía! ¡No puede ser!…

El carismático encapuchado no fue capaz más que de estrechar brevemente la mano temblorosa de aquel hombrecillo, tan feliz, pues al instante fue apartado de delante, con el empujón propinado, sin remilgos, por su amigo del colegio, luego de que este, diligentemente —y un poco mareado también a causa del alcohol—, viéndose incapaz de saltar sobre la barra, como habría hecho un chaval —y le hubiese gustado haber hecho a él también, pues aquel momento único lo requería— diera la vuelta a la barra con la mayor rapidez que le fue posible. Jadeante, exclamó ansioso:

La Tormenta, La Tormenta…, ¡tremendo disco!

Relegado, el propietario no hizo sino murmurar:

—El fantasma…

Tomajazz: © Marcos Pin, 2026
Imágenes generadas con Sora, basadas y derivadas a partir del relato El fantasma. Prompt Engineer Pachi Tapiz.  © Tomajazz, 2026

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