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La industria y el jazz. Qué nos han vendido. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica]

Música: New One de Marcos Pin. Con Javier Pereiro «GDJazz», Pablo Castaño, Marcos Pin, Yago Vázquez, Alfonso Calvo, Miguel Cabana © 2020 Marcos Pin

La industria y el jazz. Qué nos han vendido (abril de 2026)

En este artículo me ha echado una mano Vicente López, amigo y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela. Gracias, Vicente, por la idea, la mucha ayuda… ¡y las analogías!

Desde sus más tempranos inicios hasta nuestros días, la industria musical ha experimentado una transformación enorme; siempre acorde a los distintos cambios y numerosas innovaciones tecnológicas que, década tras década, se han venido sucediendo. Así pues, los que ya gozamos de una edad hemos sido testigos directos del vertiginoso cambio con que un oligopolio analógico se transformó en un ecosistema fragmentado, donde hoy conviven sellos, plataformas y artistas autogestionados —DIY (Do It Yourself), le dicen— con viejas inercias y nuevas oportunidades.

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Durante el transcurso de los años 1960‑1980, la industria musical podría compararse con un castillo amurallado del que sólo tenían llave las discográficas. Pues eran quienes controlaban la trayectoria completa de una canción o de un álbum: que nacía en sus estudios, se vestía con la portada que ellos escogían y terminaba coronando las estanterías de aquellas tiendas que también subordinaban. Respecto a los artistas, muy pocos conseguían atravesar el enorme foso plagado de cocodrilos que los separaba de la fortaleza, y quienes lo hacían firmaban sendos contratos que a priori lucían como cheque en blanco, pero que la mayoría de las ocasiones venían impresos con letra ínfima, de esa que el músico no leía, porque firmaba más con la ilusión que con el conocimiento. De igual manera, el señor sello imponía también siempre qué se grababa, cómo debía sonar y hasta qué historia contaría el juglar de turno para camelar al respetable a través de las muchas entrevistas programadas. Así, radios y prensa se unían a la misión en calidad de altavoces dóciles y fieles, emitiendo aquello que siempre dictaba la casa central. Y como fabricar vinilos, cassettes o CDs exigía tiradas enormes y una distribución propia, las grandes compañías podían seguir repartiéndose la merienda de una tarta enorme, sin que nadie a mayores pudiese sentarse a compartir en aquella, una mesa tan grande.

Sin embargo, entre las virtudes de aquel modelo clásico, cabe apuntar la de que las discográficas manejaban una capacidad de inversión que hoy suena prácticamente a mito: adelantos generosos, estudios prohibitivos y campañas de marketing que empapelaban ciudades enteras. A lo que también sumaba una infraestructura global capaz de fabricar, almacenar y mover cientos de miles de copias físicas; como quien apila cajas de tornillos en cualquier ferretería. Tornillería que distribuían dentro de su propia red de contactos: en radio, prensa y televisión. Lo que aseguraba una presencia constante en los medios, casi ubicua. Y a mayores, aquella industria que mantenía el propio catálogo discográfico funcionaba asimismo como canon no escrito; ya que si estaba en el sello, se daba por hecho que merecía la pena.

Por el contrario, en el reverso de aquella postal se dibujaban distintas sombras. Como ya se ha mencionado: entre las que cabría destacar una asimetría brutal de información y en materia legal: donde el/la artista firmaba a ciegas, sin nociones de contabilidad, derechos ni cesiones, creyendo que todo eran fuegos artificiales. De este modo, las cifras bailaban en hojas de cálculo opacas; el sello cobraba primero y mejor; y al músico le llegaban migajas, cuando llegaban. Huelga decir que el poder de ejecución real se concentraba en programadores de radio, equipos de A&R y directivos varios, que eran quienes decidían qué sonaba y qué se hundía en la más absoluta miseria. Mas, por si fuera poco, todo aquello dependía del soporte físico, es decir: sin un prensado ni una distribución, aquella música sencillamente no existía.

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Así pues, el primer gran mordisco a aquel enorme pastel que tan bien vigilaban se lo dimos de forma casi inocente. Iba dentro de aquellas maletas compartimentadas con la forma del cassette: que viajaban siempre con nosotros y de habitación en habitación de estudiante; reproduciendo discos prestados hasta desgastarlos, a la vez que hacíamos copia en aquellas dobles pletinas. Luego, no tardó, apareció el CD grabable y con él el ripeo casero: de pronto cualquier salón con ordenador se convertía en una pequeña planta de duplicación que dejaba a la caja registradora de los grandes sellos fuera de la ecuación. Y no sucedió mucho más tarde que internet nos puso delante los torrents y las redes P2P (port to port): muchos descargábamos discos enteros como si no hubiera mañana, enarbolando la bandera de la calavera y disfrazándolo de resistencia cultural juvenil. La industria, por supuesto, achacó al pirateo todos sus males, como si antes todo hubiese sido impecable, pero, al mismo tiempo, inflaba el mercado con su avalancha de copias, en un nuevo modelo obsesionado con revender la misma grabación una y otra vez, en cada nuevo soporte, en la procura de una especie de fórmula inagotable.

Pero es hoy, en consecuencia, tras el inevitable cataclismo del negocio físico, que la inmensa mayoría de músicos sobreviven gracias a plataformas como Bandcamp o Patreon, donde el lazo con la audiencia se teje directamente, sin intermediarios que se lleven el grueso del, ahora, pastelillo, eso sí; que ya no tarta. Así sucede en este nuevo mundo de las plataformas que el artista fija sus precios, ofrece ediciones exclusivas y cultiva una comunidad que paga por valor, y no por obligación algorítmica. Porque en el otro extremo, operan sin remilgos los gigantes del streaming, que reparten céntimos por reproducción, imponen condiciones unilaterales y navegan con una regulación que parece chiste de mal gusto; convirtiendo millones de streams en mucho menos de aquellas migajas que antaño iban al creador. Y eso sí, el álbum, otrora rey del mercado, se ha visto reducido a mera tarjeta de visita: un mero gancho para captar la atención, que arrima el hombro en el ingreso real que dan conciertos (íntimos o masivos); sincronizaciones con cine y publicidad; comunidades de apoyo fiel; y ventas directas, que cortocircuitan al sistema. Paradójicamente, mientras todo esto acontece, el oyente medio porta con él, en su teléfono, un archivo sonoro infinito, una biblioteca de Babel donde todo suena y nada deja huella económica duradera, un eco digital de aquellas estanterías que un día se vieron repletas de plástico y cartón.

Mas también los fabricantes y prensadoras, otrora alimentados por aquellas tiradas masivas de grandes sellos, han tenido que reinventarse para el músico independiente actual, dejando atrás todas esas cadenas de producción industrial a gran escala. Es bien sabido, hoy en día trabajan con series pequeñas, a menudo bajo demanda, que el artista acarrea y vende —lo que puede— directamente en salas de conciertos, webs o plataformas como Bandcamp, donde el aficionado no solo recibe el objeto, sino una historia tangible. En este modo, el vinilo y la cassette han resucitado vestidos con la mortaja del fetiche coleccionable, integrados en la sección merchandising, y no tanto como eje de negocio en sí; con la etiqueta que dice “edición numerada”, portadas artesanales o descargas digitales incluidas que igualmente convierten la fabricación en parte interesante dentro de la narrativa: un artefacto que respira autenticidad en los tiempos efímeros del stream.

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Aun así, las recetas tradicionales resisten como la tos en el más húmedo de los inviernos. Y es hoy que todavía buscan tejer un relato mítico alrededor del artista —su estética, anécdotas que encienden la imaginación del público—, al tiempo que mantienen el viejo control sobre puntos clave de escucha —viejas radios de fórmula—, y nuevas playlists promocionadas hasta la saciedad, con prensa especializada en la forma de un moderno Caballo de Troya que son las redes sociales. Cierto, todo ello, para legitimar cada lanzamiento y maximizar las ganancias de una empresa que no duda tampoco a la hora de exprimir su nunca olvidado catálogo de fondo: con reediciones, recopilatorios y remasterizaciones que sacan hasta la última gota de grabaciones pretérita; donde la novedad tecnológica sirve de excusa eterna para recomercializar lo ya vendido: «del vinilo al CD, del CD a la plataforma digital, y ¡otra vez!, pero ahora le ponemos “remasterizado” en una pegatina luminosa».

Sin embargo, este no deja de ser un buen momento para el osado. Porque las grietas del sistema actual también destapan buenas oportunidades. La brecha que se abre entre los céntimos del streaming y el valor real que percibe el oyente/consumidor da cabida a modelos directos, como lo son las suscripciones, las membresías, o el público de conciertos —el que va quedando…— que quiere llevarse a casa algo más. En definitiva, surgen nuevas fuentes de ingresos donde el algoritmo poco o nada tiene que ver, y poco o nada puede hacer. Y es que, en buena parte, la escasez de ingresos por reproducción empuja también a la producción de experiencias únicas, donde creador y consumidor puedan confluir. Surgen pues, en un ejemplo, los, tan de moda, conciertos íntimos; las ediciones limitadas, que ya se han mencionado; los, muy interesantes, proyectos de narrativa transmedia que tan profunda huella dejan en el panorama artístico-cultural actual. Porque, qué duda cabe, la saturación de plataformas digitales también convierte el objeto físico y la edición cuidada en ventajas competitivas; a la vez que la desaparición de intermediarios permite microeconomías sostenibles a pequeños artistas. En principio, algo que pudiera traducirse en un menor número de público, sí; aunque leal y bien nutrido. ¡Pero ojo!; en mi tierra suele decirse: «¡Aviso a navegantes!» Esto mismo sirve y funciona también al aficionado —pues recuérdese que la profesión de músico no es una de esas denominadas «reglada», más bien todo lo contrario—, porque asciende al amateur, al estudiante de dormitorio-conservatorio, al músico de fin de semana, festivos y fiestas de guardar, a una nueva e inequívoca condición, que no es otra a mayores que la de competidor; y con todas las consecuencias; lamentablemente, también, en desigualdad de condiciones.

Pero ¿y el jazz que anuncia el título?… Amigos/as, de eso hablaremos el mes que viene.

 

Tomajazz: © Marcos Pin, 2026
Imágenes generadas con Sora, basadas y derivadas a partir de La industria y el jazz. Qué nos han vendido. Prompt Engineer Pachi Tapiz.  © Tomajazz, 2026

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