{"id":25081,"date":"2009-05-21T16:00:20","date_gmt":"2009-05-21T14:00:20","guid":{"rendered":"http:\/\/www.tomajazz.com\/web\/?p=25081"},"modified":"2016-11-14T00:20:23","modified_gmt":"2016-11-13T23:20:23","slug":"pimienta-negra-quinito-l-mourelle-extracto","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/tomajazz.com\/web\/pimienta-negra-quinito-l-mourelle-extracto\/","title":{"rendered":"Pimienta Negra. Quinito L. Mourelle [Extracto]"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: center;\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-25082\" src=\"http:\/\/www.tomajazz.com\/web\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/quinito_mourelle_pimienta_negra.png\" alt=\"quinito_mourelle_pimienta_negra\" width=\"200\" height=\"286\" title=\"\" srcset=\"https:\/\/tomajazz.com\/web\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/quinito_mourelle_pimienta_negra.png 200w, https:\/\/tomajazz.com\/web\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/quinito_mourelle_pimienta_negra-105x150.png 105w, https:\/\/tomajazz.com\/web\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/quinito_mourelle_pimienta_negra-38x55.png 38w\" sizes=\"auto, (max-width: 200px) 100vw, 200px\" \/><br \/>\n<em>Pimienta negra<\/em><br \/>\nQuinito L\u00f3pez Mourelle<br \/>\n\u00c9zaro<br \/>\nISBN: 978-84-9364-61-4-1<\/p>\n<p><strong>Extracto del cap\u00edtulo 11 de <em>Pimienta negra<\/em>.<br \/>\nReproducido con el permiso de su autor Quinito L. Mourelle.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">[11]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Comenzaba el a\u00f1o 1969 sin novedad en el hotel Ambassador. Eran las doce y cuarto de la ma\u00f1ana y Coleman Hawkins abri\u00f3 los ojos con esfuerzo. Todav\u00eda tard\u00f3 cuarenta minutos en incorporarse. Conoc\u00eda de sobra el espect\u00e1culo que pod\u00eda contemplar desde la ventana de su habitaci\u00f3n. No era la gran avenida por la que transitaban coches lujosos, mujeres envueltas en pieles entrando en tiendas y cafeter\u00edas y el bullicio que decora las ciudades durante la primera semana del a\u00f1o. Era un vulgar callej\u00f3n con vapores, una escalera de incendios herrumbrosa y una pila de serr\u00edn y virutas con la copa nevada en cuyo seno los gatos se amodorraban rebuscando las hebras secas. Aquel serr\u00edn se hab\u00eda echado a perder. Nadie se hab\u00eda ocupado de recogerlo y, pasados unos meses, la humedad y finalmente la nieve lo convirtieron en deshecho. \u00a1Qu\u00e9 est\u00fapido desperdicio! Mirando hacia arriba pod\u00eda ver una estrecha franja del cielo de enero, l\u00edmpido y cortante, una nota azul en una escala oscura. Pod\u00eda pasarse as\u00ed otra media hora, en calzoncillos, absorto en la visi\u00f3n de aquel mont\u00edculo y pasando fr\u00edo sin inmutarse. \u00bfQu\u00e9 le importaba? La hora del desayuno ya hab\u00eda pasado hac\u00eda tiempo. Podr\u00eda volver a la cama pero su est\u00f3mago le ped\u00eda con zarpazos lastimeros la ingesti\u00f3n de alg\u00fan alimento o de un chocolate caliente. Cada vez le costaba m\u00e1s asearse, vestirse y salir a la calle. Hab\u00eda pensado incluso en dejarse crecer el vello de la cara y renunciar a su bigote, cuyas atenciones le resultaban ya excesivamente familiares y molestas. Aquel bigote fino y retocado hab\u00eda sido la guinda apreciada por algunas de las mujeres con las que hab\u00eda tenido alg\u00fan tipo de relaci\u00f3n. La americana colgaba de una silla y el pantal\u00f3n, tirado de cualquier manera, se arremolinaba en el suelo del cuarto de ba\u00f1o junto a una toalla empapada. El servicio de lavander\u00eda todav\u00eda no le hab\u00eda entregado la ropa limpia aquella ma\u00f1ana. Pero no se atrevi\u00f3 a descolgar el tel\u00e9fono y preguntar por ella. Hac\u00eda m\u00e1s de un mes que no pagaba ese servicio, as\u00ed que ten\u00edan derecho a requisarle sus pertenencias para forzarle a saldar sus deudas. Si fuese una eminencia ocupando la mejor suite no tendr\u00eda que pagar por esas menudencias. El pantal\u00f3n ol\u00eda a demonios y estaba h\u00famedo. Trataba con cierto desprecio la ropa que ten\u00eda porque no le gustaba nada. El corte de los trajes le parec\u00eda absurdo y los estampados de las camisas una broma de mal gusto, pero ya no conoc\u00eda ninguna sastrer\u00eda en la que le hiciesen los trajes que se llevaban veinte o treinta a\u00f1os antes. Sal\u00eda vestido a la calle y se sent\u00eda como un payaso, pero a su alrededor eran todos igual de payasos y parec\u00edan no advertirlo. Si se vistiese como en los a\u00f1os cincuenta se convertir\u00eda en el hazmerre\u00edr, en un fantoche del pasado. Prefer\u00eda estar inc\u00f3modo y sentirse rid\u00edculo antes que ser reconocido por el barrio por llamar la atenci\u00f3n. Pasar desapercibido era una de las pocas regal\u00edas que el paso del tiempo le hab\u00eda otorgado. Los m\u00fasicos j\u00f3venes ni siquiera se daban la vuelta si se cruzaban con \u00e9l por la calle. Probablemente no sab\u00edan qui\u00e9n era. Otro tanto ocurr\u00eda con el personal del hotel. La vida en color le hab\u00eda condenado a un olvido en el que se sent\u00eda confiado y a gusto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Inexplicablemente no pod\u00eda distraer su mirada de la pila de serr\u00edn. Lleg\u00f3 a olvidarse incluso de la disyuntiva del pantal\u00f3n sucio o la vergonzosa llamada a la lavander\u00eda, para concentrarse en algo que crey\u00f3 intuir en aquella visi\u00f3n. Una melod\u00eda acudi\u00f3 a su mente pero la espant\u00f3 como el buey que se deshace de una mosca molesta agitando el rabo. No quer\u00eda escuchar nada hasta la hora del ensayo. Ya no le interesaban todas esas notas que le abordaban en los momentos m\u00e1s insospechados. Su est\u00f3mago volvi\u00f3 a rugir y la nieve que coronaba la pila le hizo caer en la cuenta de su incomodidad y del maldito fr\u00edo. En aquella \u00e9poca le resultaba muy dif\u00edcil secar la ropa interior que colgaba con cuidado en un alambre que pend\u00eda del alf\u00e9izar. \u00c9l mismo la lavaba en el cuarto de ba\u00f1o para ahorrar tiempo y dinero. La m\u00e1s urgente la pon\u00eda a secar sobre el radiador. El problema era que la calefacci\u00f3n no funcionaba bien en su ala del hotel y, para colmo, le hab\u00edan advertido que no colgase sus calcetines de la ventana porque da\u00f1aba seriamente la imagen y reputaci\u00f3n del establecimiento, aunque tan s\u00f3lo los gatos y el mozo que sal\u00eda a dejar la basura visitaban el callej\u00f3n y eran testigos del espect\u00e1culo. La compa\u00f1\u00eda discogr\u00e1fica le hab\u00eda prometido que se encargar\u00eda de alojarle en un sitio mejor y de asumir sus gastos diarios. A mes pasado de su \u00faltima grabaci\u00f3n ni siquiera le hab\u00edan pagado algo por ella y no hab\u00edan vuelto a dar se\u00f1ales de vida. Cuando coincid\u00eda con Tom Awesome, un trombonista muy alto y pelirrojo que grababa para el mismo sello y que a veces se acercaba por las jam sessions del Ambassador, le preguntaba si le hab\u00edan comentado algo de su situaci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; \u00bfQu\u00e9 se sabe de mi dinero, Tom?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Le irritaba sobremanera no tener noticias al respecto, no saber a qu\u00e9 atenerse y que nadie diese la cara para aclarar el asunto o justificar el retraso. Hubiese preferido que le comunicasen directamente que nunca le pagar\u00edan, que no cumplir\u00edan ninguna de las promesas con las que le hab\u00edan endulzado los o\u00eddos al salir del estudio. Al fin y al cabo no estaban reflejadas en ning\u00fan contrato. Pod\u00edan ignorarlas si quisiesen. Por otro lado, no quer\u00eda reclamar ese dinero porque ser\u00eda reconocer ante aquellos aprovechados que no ten\u00eda d\u00f3nde caerse muerto -si bien todos estaban al tanto de su situaci\u00f3n-, pero la precariedad de \u00e9sta pronto le obligar\u00eda a personarse en el estudio y luchar por lo suyo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La pila segu\u00eda en su sitio y paulatinamente, solapando t\u00edmidas im\u00e1genes que engarzadas parec\u00edan leves recuerdos, descubri\u00f3 el motivo de aquella atracci\u00f3n. El serr\u00edn y las virutas h\u00famedas se convirtieron en una hojarasca que un jardinero intentaba mantener agrupada en un mont\u00edculo. El viento oto\u00f1al jugaba con \u00e9l deshaci\u00e9ndolo una y otra vez,\u00a0 y los m\u00fasicos y el propietario de Bluebird observaban la desesperaci\u00f3n del jardinero desde un ventanal durante un descanso en la grabaci\u00f3n. No fueron ni esa imagen, ni las sonoras carcajadas del trompetista Tommy Lindsay que llegaban levemente desde la lejan\u00eda, las que le hicieron recordar con nitidez que se trataba de la tarde del 11 de octubre de 1939. Fue el sabor de los pezones de Thelma Carpenter el que le ayud\u00f3 a rescatar la fecha exacta y todo cuanto hab\u00eda acontecido aquel d\u00eda. La chica todav\u00eda no hab\u00eda cumplido los dieciocho, pero ya hab\u00eda participado en algunas grabaciones y se hab\u00eda presentado en un par de ocasiones con la banda de Coleman Hawkins en el Kelly\u2019s Stable, un local de la calle 51 abarrotado de p\u00fablico. Su padre la observaba entusiasmado desde la primera mesa, y en la segunda de las veladas consinti\u00f3 que la chiquilla se tomase un refresco con \u00e9l antes de llevarla a casa. Era tarde y su esposa estar\u00eda despierta y preocupada, pero los asistentes elogiaban a su hija y el orgullo paternal pudo con la conveniencia de que una criatura de su edad estuviese ya acostada. Los impedimentos paternales fueron todav\u00eda m\u00e1s livianos para la grabaci\u00f3n. El se\u00f1or Carpenter no tuvo objeci\u00f3n en que el propio Coleman llevase a la dulce Thelma a casa cuando acabasen.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">\u00a9 Ensenada de \u00c9zaro Ediciones \/ Nortideas Comunicaci\u00f3n S.L.<br \/>\n\u00a9 2007 Quinito L\u00f3pez Mourelle<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Pimienta negra Quinito L\u00f3pez Mourelle \u00c9zaro ISBN: 978-84-9364-61-4-1 Extracto del cap\u00edtulo 11 de Pimienta negra. Reproducido con el permiso de su autor Quinito L. Mourelle. [11] Comenzaba el a\u00f1o 1969 sin novedad en el hotel Ambassador. 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