Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Por Antonio Torres [Artículo de Jazz] - Tomajazz - Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Antonio Torres recuerda al artista, muy relacionado con el jazz, fallecido el 2 de julio de 2026

Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Por Antonio Torres [Artículo de Jazz]

Cuando una ciudad encuentra a un artista capaz de representar su tiempo, en realidad está creando una nueva memoria visual. Eso fue Manolo Cuervo para Sevilla. Y, de una manera muy especial, para quienes hemos vivido el jazz como algo más que un género musical: como una forma de entender el mundo que nos rodea.

Pensar en Manolo Cuervo es pensar, inevitablemente, en la imagen del jazz en Sevilla, aunque después haya sido capaz de desplegar otras muchas imágenes de la Sevilla más profunda desde su singular mirada.

Durante más de cuatro décadas, sus carteles anunciaron conciertos, festivales y ciclos musicales, pero hicieron mucho más que eso. Acabaron construyendo un imaginario colectivo a través de sus colores.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que reducimos demasiado la relación de Manolo con el jazz cuando la limitamos a su extraordinaria labor como cartelista. Sería quedarse muy corto. El jazz no fue solo un tema en su pintura, fue una forma de entender el proceso de creación. De la misma manera que un músico improvisa sobre una estructura sólida, Manolo construía sus cuadros desde una libertad expresiva calculada. Sus lienzos parecen espontáneos, casi impulsivos, pero bajo esa aparente improvisación siempre había una arquitectura rigurosa, exactamente igual que sucede en un buen solo de jazz.

Su muerte, el pasado mes de julio, deja un vacío difícil de explicar. Desaparece un pintor, un diseñador, un creador imprescindible para entender la cultura sevillana de las últimas décadas. Pero, para quienes compartimos con él festivales, conversaciones y amistades, desaparece también una manera de mirar la ciudad. Porque Manolo nunca entendió el arte como un objeto reservado a galerías y museos. Sus cuadros convivían con los carteles, los discos, los teatros, los clubes de jazz y las calles. Hizo del arte un lenguaje cotidiano, accesible y profundamente humano.

Mi primer encuentro con él fue breve, casi anecdótico. Corría la segunda mitad de los años setenta y desde la Coordinadora de Cine Clubs de Sevilla organizábamos las ya míticas “12 Horas de Cine Negro”. Decidimos encargar el cartel a un joven pintor que empezaba a moverse en los ambientes culturales de la ciudad: Manolo Cuervo. Lamentablemente no he conseguido conservar una imagen de aquel trabajo, pero sí el recuerdo de la impresión que nos produjo su manera de entender el diseño. Ya entonces se intuía una personalidad artística poco común, capaz de romper con la estética dominante sin perder nunca la capacidad de comunicar.

Años después nuestros caminos volverían a cruzarse de una forma decisiva.

En 1980, el colectivo de divulgación cultural Jazz Freeway recibió el encargo de organizar el Festival Internacional de Jazz de Sevilla por iniciativa de la Diputación Provincial. Ninguno de nosotros imaginaba entonces que aquella aventura acabaría prolongándose durante quince ediciones y convirtiéndose en uno de los acontecimientos culturales más importantes de la ciudad.

El primer cartel había nacido casi de la necesidad. Utilizamos una fotografía tomada durante el Festival de Jazz de San Sebastián de 1974. Era una solución digna, pero muy predecible. Para la segunda edición convocamos un concurso de carteles. Entre las propuestas presentadas figuraba una de Manolo Cuervo. Recuerdo perfectamente que fue la que más convenció a quienes formábamos parte de Jazz Freeway. Sin embargo, el jurado —del que ninguno de nosotros formaba parte— optó por una solución mucho más convencional: una fotografía en blanco y negro de Johnny Griffin durante la edición anterior.

Paradójicamente, aquella derrota terminó cambiando la historia visual del jazz sevillano.

Para la tercera edición decidimos que el Festival necesitaba una imagen diferente. Queríamos alejarnos definitivamente del cartel clásico que se estilaba y apostar por un lenguaje contemporáneo que expresara el momento de efervescencia cultural que vivía Sevilla. El camino más directo era confiar plenamente en Manolo Cuervo.

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Cartel del III Festival Internacional de Sevilla 1982. Manolo Cuervo
No nos equivocamos.

Su propuesta giraba en torno a la figura de Charles Mingus, homenajeando al gran contrabajista pocos años después de su muerte con la presencia en el programa de los músicos que lo acompañaban “La Mingus Dinasty”. La silueta del músico estallaba en una explosión de color que parecía proyectarse más allá del papel. No era un retrato. Era ritmo convertido en pintura. Era energía. Era improvisación hecha imagen. Y, sobre todo, era una declaración de intenciones.

Aquel cartel no sólo identificó una edición del Festival. Marcó el nacimiento de una nueva estética. Desde entonces, la historia del jazz en Sevilla comenzó también a escribirse con los colores de Manolo Cuervo. A partir de ahí la obra de Manolo se hizo más visible, no solo porque cubrió todas las ediciones del Festival Internacional de Jazz de Sevilla, sino porque lanzó un mensaje de modernidad que enseguida interesó en el espacio cultural emergente de la ciudad, ciclos emblemáticos como Cita en Sevilla, Itálica, los Ciclos de Teatro, los de Encuentros de Nueva Música o volviendo al jazz el Rising Stars, el Festival de Jazz de la Provincia y el Festival de Jazz de la Universidad, entre otras muchas iniciativas que fueron difundidas a través de la mirada siempre libre de Manolo Cuervo. Fueron tiempos trepidantes, de retos creativos diarios que construyeron una nueva forma de mirar pero que también tuvieron que pasar factura.  Manolo se quejaba a veces de que su obra como cartelista a veces ensombrecía lo que realmente le importaba que era la pintura. Quizás la crisis del grafismo y la caída de los eventos culturales que lo sostenían después de la expo de Sevilla y las crisis económicas que la siguieron, permitieron a Manolo Cuervo cerrar su estudio de Sevilla, unificar vivienda y estudio en el pueblo de Castilleja de la Cuesta y desarrollar su pintura en la que siempre predominó el color sobre el dibujo, un color lleno de tonos fuertes y saturados, fiel a su manera de mirar la realidad de Sevilla, donde lo barroco permanece en el fondo pero no en la forma, donde las columnas salomónicas se transforman en chorreones de color que se deslizan sobre las figuras donde los mensajes siempre están presentes, gritos de un pasado pero rabiosamente actuales.

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Cartel del VI Festival Internacional de Sevilla 1985. Manolo Cuervo
En ese momento vital del artista concretamente un 17 de julio de 2012, pocos días antes de comenzar mi habitual periplo por el festival de jazz de San Sebastián quedé con Manolo para iniciar una larga conversación que se alargó hasta las dos de la madrugada.

Hay conversaciones que, con el paso del tiempo, cambian de significado. Cuando se producen son apenas una pausa compartida, una tarde cualquiera, un intercambio de recuerdos y de ideas. Solo después, cuando quien hablaba ya no está, uno descubre que aquellas palabras contenían mucho más de lo que entonces parecía. Eso ocurre con la conversación que mantuvimos  Manolo Cuervo y yo, que comenzó en el Naima y terminó en su estudio.

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Club Naima. Sevilla
No fue una entrevista al uso. Tampoco una conversación dictada por la actualidad o por la inauguración de una exposición. Fue, sencillamente, el encuentro con un artista dispuesto a hablar de aquello que realmente le importaba: la creación, el oficio, la pintura, el dibujo, la música y la manera en que todas esas cosas terminan formando una única forma de mirar el mundo.

El Naima era un lugar apropiado para ese encuentro. Manolo se acercaba frecuentemente en esa época, pero en un horario diferente al de las actuaciones, le gustaba escuchar música mientras charlaba con Jorge, el dueño del local, rodeado de algunas de sus obras que formaban parte esencial de la decoración del local.  Manolo a pesar de ese halo de timidez que aparentaba era un gran conversador, hablaba con la misma naturalidad con la que dibujaba: sin impostura, enlazando recuerdos, asociaciones e intuiciones, como quien improvisa sobre un tema conocido.  Era capaz de abordar cuestiones complejas sin solemnidad, prefería detenerse en los pequeños detalles, esos que muchas veces explican mejor una trayectoria que cualquier declaración grandilocuente. Su ironía aparecía constantemente, relativizando certezas, empezando por las propias.

Allí Manolo me contó sus inicios en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla en la que organizó algún concierto, sus primeros conciertos a los que asistió con 12 años, Los Pasos, Los Relámpagos, Miguel Rios… y más tarde su preferencia por el rock y su encuentro casi fortuito con el jazz gracias a ese concurso de carteles que no ganó.

Me habló de la influencia en los inicios de los 80’ de los artistas ingleses que cambiaron la estética de este país reflejada en la llamada “movida madrileña” pero que ya él había incorporado en sus primeros encargos en Sevilla.

Y volvemos al jazz….”Entrar con credencial en el festival de jazz de Sevilla era otro mundo, respirar de cerca la trastienda del festival, ver de cerca a los músicos, observar sus movimientos antes de salir al escenario y oír su música en primera línea era una sensación alucinante para mí” ….”Para mí el jazz fue un descubrimiento por su plasticidad, parecida a la del flamenco y que me permite expresarme de una forma más libre”…..Y de ahí a sus exposiciones, las dedicadas específicamente al jazz en la galería Félix Gómez o la del convento Santa Clara de Moguer llamada “Jazz 2: el tiempo en una botella”…exposición esta última a la que tenía un especial cariño ya que su padre nació precisamente en ese convento del pueblo onubense de Moguer, “La mirada indiscreta” que estaba preparando en esos momentos, seguramente una de sus series más conocidas, en donde explora la relación entre espectador e imagen mediante personajes, ventanas, escenas urbanas y referencias cinematográficas.

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Detalle de la Exposición «Crónica de un paseante»: exposición retrospectiva organizada por la Diputación Provincial de Sevilla. 2007
La conversación giró entonces al campo de las anécdotas que habíamos vivido juntos, el coche que le vendí y que, aunque no le duró mucho, el presumía que había transportado a Dannie Richmond y el mismísimo Stephan Grappelli, lo cual era cierto, o la estancia de Miles Davis en Sevilla en 1987 con el recorrido del trompetista  por algunos estudios de pintores sevillanos dejando algunos dibujos con los que años más tarde Manolo diseñó una carpeta el año de la muerte del músico en 1991 en la XII edición de Festival de Jazz de Sevilla…

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Manolo Cuervo y Antonio Torres en el Estudio de Castilleja de la Cuesta (Sevilla)
El día parecía acabar y el material para una reseña era más que suficiente, pero un cambio de guion me llevó a lo más interesante. Empezaba a hacerse tarde y en esa época Manolo no tenía coche y tenía que subir a Castilleja. El último autobús salía a las 11:00, yo en esa época vivía en un pueblo del Aljarafe cercano al suyo y me ofrecí a llevarlo y de camino él me ofreció subir a su casa y enseñarme su estudio que yo no conocía en aquel tiempo.

La casa y el estudio estaban ubicados en el mismo lugar, y la primera impresión que me dio es que ambas cosas estaban perfectamente integradas, siendo difícil establecer cuál era la función de una y de otro. Las paredes estaban inundadas de cuadros que correspondían a su propia colección: cuadros de amigos, compañeros, regalos, etc., componían un puzle donde apenas se adivinaba que existía una pared que los sostenía; subimos por una escalera asimismo repleta de cuadros y accedimos a una habitación grande, que probablemente habían sido anteriormente dos, donde se ubicaba el espacio creativo del pintor. Botes, pinceles, trapos, paletas, pero sobre todo colores mezclados por doquier componían un extraño collage, como si la realidad del conjunto fuese un gran cuadro sobre el que Manolo y yo íbamos andando. Pasamos a otra habitación donde curiosamente existía un orden inmaculado. Perfectamente clasificadas están sus obras sin enmarcar que fue sacando con mucho mimo y que iba enseñando y explicando, pero sobre todo justificando el entorno vital en el que las había creado, me habla de colores y de planos y nos vamos rodeando de trabajo creativo que refleja un gran esfuerzo mental y físico.

Con frecuencia se afirma que Manolo «pintó el jazz» porque realizó los carteles de los festivales, pero esa afirmación se queda muy corta. El jazz no fue un tema en su pintura: fue una manera de entender la creación. Cuando uno contempla sus cuadros descubre que muchos están construidos como una improvisación jazzística. Su pintura no parece obedecer a un plan rígido. El color irrumpe, las manchas dialogan entre sí, aparecen fragmentos de imágenes, tipografías, personajes, objetos cotidianos, referencias cinematográficas o musicales que se superponen sin perder el equilibrio. Existe una estructura, pero sobre ella el artista improvisa. El espectador percibe espontaneidad, aunque detrás exista un buen dominio técnico.

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Manolo Cuervo en la exposición «Jazz y Modernidad»(2021)
En un momento de la conversación Manolo recordaba que el dibujo había estado siempre en el origen de todo. No como una disciplina académica ni como un ejercicio previo a la pintura, sino como un lenguaje propio. Dibujar era pensar. Era observar. Era descubrir relaciones invisibles entre las cosas. Mientras hablaba era inevitable advertir otra presencia constante: la música. El jazz aparecía una y otra vez, no tanto como tema de conversación sino como un territorio emocional al que regresaba con naturalidad. Nunca dio la impresión de utilizarlo como una referencia cultural prestigiosa. Para él era una compañía cotidiana, una forma de respiración que acompañaba las horas del estudio y que encontraba un eco natural en el gesto del dibujo, en la improvisación controlada, en la confianza depositada en el azar sin renunciar nunca al oficio.

Escuchándolo me resultaba fácil comprender que, en su caso, pintura y música no eran mundos paralelos. Compartían una misma actitud. En ambas había disciplina, riesgo, intuición y libertad. Quizá por eso hablaba de los músicos con la cercanía de quien reconoce en ellos problemas semejantes a los suyos: la soledad del creador, la necesidad de seguir buscando un lenguaje propio y la obligación de empezar de nuevo cada día.

Aquella tarde todavía no lo sabíamos, pero esa conversación acabaría convirtiéndose también en un documento sobre la memoria. Hoy, al volver a releer las notas de ese encuentro, impresiona comprobar hasta qué punto Manolo Cuervo hablaba de su trabajo sin construir un personaje alrededor de sí mismo. Lo hacía desde la curiosidad, desde la experiencia acumulada y, sobre todo, desde una humildad poco frecuente en artistas con una trayectoria tan extensa.

Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Por Antonio Torres [Artículo de Jazz] - Tomajazz - Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Antonio Torres recuerda al artista, muy relacionado con el jazz, fallecido el 2 de julio de 2026Ese es, probablemente, el mejor lugar desde el que empezar a recordarlo: no desde la nostalgia, sino desde la conversación. Porque hay artistas cuya obra puede contemplarse en las paredes de un museo o de una galería, y hay otros que además dejan una forma de pensar que continúa acompañándonos mucho después de haber terminado la última charla.

Cuando terminó nuestro encuentro quedó la sensación de que aún quedaban muchas cosas por hablar. Suele ocurrir con las conversaciones verdaderamente interesantes: no concluyen, simplemente se interrumpen. Manolo seguía enlazando ideas con la misma curiosidad con la que había comenzado, como si cada respuesta abriera inevitablemente una pregunta nueva.

Al regresar hoy a aquellas palabras sorprende comprobar hasta qué punto estaban atravesadas por una idea constante: la necesidad de permanecer en movimiento. No entendía la creación como un territorio donde instalarse, sino como un camino que obligaba a revisar continuamente las propias certezas. Esa actitud explica probablemente la vitalidad que mantuvo durante toda su trayectoria. Nunca dejó de aprender porque nunca dejó de hacerse preguntas. Su forma de comunicar era la misma con la que afrontaba el dibujo o la pintura: abierta, curiosa, hospitalaria. Escuchaba con la misma atención con la que hablaba. No necesitaba imponer una opinión; le bastaba con compartir una mirada.

Su legado, sin embargo, no se limita a los cuadros, a los dibujos o a los carteles que forman parte ya de la memoria visual de varias generaciones de sevillanos. Permanece también en una manera de entender la cultura como un espacio compartido, donde la pintura dialoga con la literatura, el cine, la fotografía y, de manera muy especial, con la música.

El jazz ocupaba un lugar privilegiado en ese universo. No porque aspirara a ilustrar su pintura ni porque la pintura pretendiera explicar la música. Lo que compartían era una misma actitud frente al hecho creativo: la importancia del lenguaje propio, la disciplina necesaria para conquistar la libertad y la confianza en la improvisación.

Escuchar jazz era, para él, otra forma de mirar. Y pintar era, en cierto modo, otra forma de escuchar. Ambas experiencias compartían un mismo pulso, una misma respiración. Quizá ahí resida una de las claves para comprender su obra.

Con el paso de los años las entrevistas suelen convertirse en documentos. Esta, además, ha terminado convirtiéndose para mí en un gran recuerdo lleno de significado. Esa cadencia tranquila, esa ironía discreta, esa manera de convertir cualquier reflexión sobre la pintura en una reflexión sobre la vida…

Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Por Antonio Torres [Artículo de Jazz] - Tomajazz - Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Antonio Torres recuerda al artista, muy relacionado con el jazz, fallecido el 2 de julio de 2026 Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Por Antonio Torres [Artículo de Jazz] - Tomajazz - Manolo Cuervo. La conversación que permanece. Antonio Torres recuerda al artista, muy relacionado con el jazz, fallecido el 2 de julio de 2026

Mientras preparaba las ideas que sirven de base a este texto, comprendí que aquello que realmente quería contar no era una cronología de su vida. Lo importante era dejar constancia de una manera de estar en el mundo. De una mirada. De una forma de entender la cultura como territorio compartido, donde la amistad y la creación formaban parte de una misma conversación.

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Con los fotógrafos Pablo Juliá, Gracia Gata, Pepe Mateos y Antonio Torres después de la mesa de debate con motivo de la exposición «Jazz Y Modernidad: 40 años del Festival internacional de Jazz de Sevilla». Casa de la Provincia de Sevilla (2021)
Después de aquel día entre nosotros surgió una nueva conexión o quizás una conexión diferente, más cercana, más compresiva y hasta más cómplice. En los 15 años que han transcurrido han pasado muchas cosas, festivales conciertos, la creación de ASSEJAZZ, la gran exposición “Jazz y Modernidad”, conmemorando los 40 años del Festival de Jazz de Sevilla, donde Manolo tuvo una presencia importante, el último cartel de jazz de Manolo en el 23 Festival de la Universidad de Sevilla, exposiciones y un largo etcétera donde Manolo Cuervo de nuevo nos sorprende conquistando la Sevilla más tradicional. Pero eso no me corresponde a mí, como siempre su obra habla por sí sola.

En el jazz existe una idea que quizá explique bien quién fue Manolo. Una buena improvisación nunca desaparece del todo cuando termina el concierto. Permanece en la memoria de quienes la escucharon y modifica su manera de entender la música. Con algunas personas sucede exactamente lo mismo. Manolo Cuervo pertenece a esa categoría de creadores cuya presencia continúa después de la ausencia.

Hay una tentación frecuente cuando desaparece un creador al que admiramos: convertirlo en un personaje definitivo, cerrar su historia con unas cuantas palabras solemnes. Sin embargo, esa no parece la mejor forma de recordar a Manolo Cuervo. Él desconfiaba de las certezas demasiado rotundas. Prefería las preguntas, las dudas fértiles, la curiosidad inagotable. Ahora nos corresponde a quienes compartimos con él conversaciones, proyectos, conciertos o simplemente silencios, mantener vivo ese diálogo. Volver a sus cuadros, a sus mensajes, a sus diseños, no como quien visita una obra concluida, sino como quien reanuda una conversación interrumpida. Porque, en realidad, eso era Manolo: alguien que convirtió el arte en una forma de conversar con el mundo.

Antonio Torres

Sevilla 10 de julio de 2026

 

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