¿Qué sucede hoy con el jazz? Si es que sucede algo… (mayo de 2026). Continuación de La industria y el jazz. Qué nos han vendido (abril de 2026)
Bueno, no es una pregunta de fácil respuesta. No obstante, a priori viene bien recordar al historiador británico Eric Hobsbawm (1917-2012) (a), quien en su día ya señaló que «esta música ha demostrado con creces poderes extraordinarios de supervivencia y autorrenovación dentro de una sociedad no diseñada para él». Y aun así, en pleno 2026, esa resiliencia histórica —que permitió al género superar debacles como la pérdida del público danzante tras la irrupción del bebop, por ejemplo— se presenta hoy enmarañada en una laberíntica metamorfosis; pues la industria nunca muere —así lo decíamos en la primera parte de este artículo—, sino que, cual vil y escurridizo reptil, muda de piel y se adapta a un mercado cambiante, donde el arte lo mide la tiranía visual de un algoritmo, y ya no el propio deleite al oído. Así pues, sucede dentro de este contexto que el músico se ve arrastrado hacia la transmutación, y en este modo, tiene que ejercer a la par de intérprete y mercader: agitando vinilos para que se vean bien y rebuscando constantemente en métricas de Instagram, YouTube, TikTok, etc.; siempre con una suerte de «tienda improvisada» encima, que a menudo suplanta al escenario como espacio ritual. Sin embargo, también esta transformación ocurre a la par que el género se enfrenta a una realidad verdaderamente desoladora. Esa que confiere los clubes de público esporádico, atípico, fragmentado y siempre casual; así como el preocupante fenómeno del «amateurizamiento», pues la línea entre el músico de excelencia y el hobbyist (aficionado), que le dice Ron Carter (b), se ha desdibujado por completo; permitiendo que la falta de disciplina y el descuido de los fundamentos internos inherentes al estilo degraden el nivel interpretativo en favor de una música visual —de videoclip—, de la filigrana artificial y el efecto vacuo. Pues, me hiere decir que por desgracia, hemos pasado del arte que exigía cerrar los ojos para poder mezclarse con él y viajar al interior de uno mismo ayudado por el discurso musical estupendo, a un sistema absurdo, condicionado esencialmente por un «¿cuántos seguidores tienes?» y el «qué pedales llevas», mientras el verdadero tesoro para el buen oyente es saqueado, vilipendiado y en gran medida negado por una sociedad perdida y, también me atrevo a decir, ausente en lo que a espíritu artístico y crítica se refiere.
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Porque acontece que, dentro de este proceso de cambio, los históricos sellos discográficos ya hace tiempo han claudicado ante la estética del catálogo por encima de la del estilo. Puede verse así en portadas otrora icónicas como las de Blue Note —por nombrar sólo uno—, como el criterio de búsqueda ha basculado hacia artistas «guapetes y lindas» —no nos engañemos, ya sucedió en su día con Chet…, ¡pero este, vaya si tocaba! —, de imagen más acorde al momento visual que a la profundidad del importante discurso musical, que en la mayoría de estos casos se pretende bajo el influjo del cajón de sastre que siempre ha sido la fusión. Qué duda cabe, esta degeneración del idealismo responde en buena medida a una industria que, tras abandonar al músico a su suerte en la década de los 70, ha cambiado para capitalizar el jazz, pero no como arte, sino como mero producto: uno basado en la sexualidad, el «carisma de postín» y la exclusividad que busca el status social. Aunque claro, como suele ocurrir ante el vacío de apoyo real y verdadero, acabamos por creernos las muchas pamplinas que siempre nos cuentan, y el músico de jazz también acabó sucumbiendo al «Do It Yourself» (DIY) de finales de los 90, sintiéndose amo y señor de un sector ya en absoluta decadencia. Pues, tristemente, en realidad el artista independiente se ve atrapado desde entonces en la figura del «músico-tendero-productor-manager»: ese que sacude plástico con carátula sobre la cabeza en cada escenario, transformando la sala en vulgar tienda y el bolo en puro escaparate. Mas qué decir tiene, el enorme esfuerzo físico y psíquico que entraña vender CDs, vinilos, camisetas, pendrives, etc. choca frontalmente con la era actual, cuando la música se consume mayoritariamente a través de teléfonos móviles y altavoces horribles que masacran toda calidad de sonido, reduciendo la experiencia estética a chabacano ruido de fondo comprimido e. incomprensiblemente, a tortura de la que muchos y muchas parecen disfrutar cual masocas. Y así el engaño se completa en plataformas de esas online, como YouTube, donde un hervidero de vídeos didácticos protagonizados por «expertos» que mayormente jamás han pisado un escenario siempre gritan a los cuatro vientos «¡Lo estás haciendo mal!», y, lo que es peor, rompen por completo esa red de aprendizaje —primordial y esencial— que antes sólo se obtenía en la carretera y venerando a los grandes que ya habían hecho el camino. Está claro, hoy triunfa la «música visual», la que entra por los ojos, sobre la capacidad de escucha; habita dentro de un ecosistema donde el tutorial sustituye al experto, el backing track al ensayo y la sesión, y la autoayuda a la tenacidad; donde el número de seguidores invalida, por primera vez en la historia, al talento.
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Asimismo, toda esta metamorfosis digital converge en la paradoja cruel que dicta el vivir en una era de abundancia sin precedentes donde, como acertadamente señala el afamado crítico Nate Chinen (c), «el jazz es más accesible que nunca para cualquier persona con una conexión a internet; sin embargo, esta democratización del acceso esconde un importante «vacío de valor» sistémico». Cierto, qué duda cabe, las plataformas de streaming, lejos de ser el refugio de ese artista independiente, han conseguido instaurar su planeada estricta tiranía, donde el 99% de las reproducciones se concentran en apenas el 10% de las pistas más populares, dejando a los lenguajes periféricos y complejos como el jazz o el clásico en absoluta oscuridad estadística. Téngase en cuenta que para un músico de jazz —cuya obra exige atención y no es simplemente «barullo de fondo»— las matemáticas de la industria son desoladoras: se calcula que un artista necesitaría alcanzar la locura de los 38 millones de reproducciones para obtener un salario anual equivalente al mínimo interprofesional. Lo traduce muy bien la chelista Zoe Keating (d): «este modelo está condenando a la pobreza a los intérpretes de géneros nicho como el jazz o la clásica»; así es.
Empero el daño no es tan sólo económico, sino también profundamente estético. Ya que la lógica del algoritmo y esa inmediatez de las redes sociales provocan lo que Chinen llama un «aplanamiento del matiz». Y es que en el mundo de TikTok e Instagram, la conversación sobre arte se simplifica hasta el paroxismo, sustituyendo la crítica fundamentada por una música pamplina de consumo rápido y banal. Se presenta más que claro: este sistema no sólo saquea el bolsillo del músico, sino que también erosiona la propia naturaleza del jazz: una música que, en palabras del mismísimo Wynton Marsalis (e), «debería ser lo suficientemente sofisticada y difícil como para obligar a las generaciones futuras a preguntarse: «¿Cómo demonios tocaron eso?”». Mas hoy en día, por el contrario, corre el riesgo de perder su alma; pasando de ser un lenguaje de resistencia y descubrimiento personal y comunal a convertirse en una simple app con acordes; troceado y servido según las conveniencias del mercado más bizarro.
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Con todo, es bien sabido, esta crisis de excelencia no es fruto del azar, sino de la erosión de una disciplina que leyendas como Benny Goodman (f) consideraban la piedra angular del género. Goodman, por ejemplo, cuya orquesta fue prodigio de precisión técnica, del sonido y el ataque perfecto, ya advertía en sus últimas entrevistas que actualmente sería prácticamente imposible replicar aquel nivel de cohesión; «porque el mundo moderno se mueve demasiado rápido», decía. Si bien es cierto que, mientras en aquella era dorada las bandas ensayaban de forma extenuante hasta que cada nota y cada vibrato se fundiese en un solo organismo —y todo siempre de memoria, sin las dichosas tablets de por medio—, hoy el músico se enfrenta a un sistema de ensayos absurdos —sobre el escenario casi siempre—, poco profundos, prácticamente inexistentes, sin llegar al nivel que cualquier banda profesional debiera atender; pero son los tiempos que corren.
Y es que toda esta prisa constante no ayuda sino a alimentar de forma directa el ya mencionado «amateurizamiento» de la profesión, el «si ese puede, yo también» que desemboca en absoluta mediocridad, que permite al aficionado ocupar el lugar del profesional sin haber dominado los fundamentos internos de un estilo que se debe enteramente a ellos. Y así lo dice también Carter (a): «el respeto por la música se está perdiendo en favor de ejecutantes que simplemente «tontean» con el instrumento los fines de semana, olvidando que la verdadera libertad interpretativa sólo nace de conocer las reglas antes de romperlas». Sin duda, todo esto no da sino como resultado lo que el baterista Stan Levey (g) describía como «una preocupante tendencia en las nuevas generaciones a no escucharse entre sí» —entre sí, ni a nadie; añadiría yo—. Y a la vez concuerdo en cada palabra cuando enuncia que «se ha perdido la sutileza de llenar texturas y apoyar al solista»; en su lugar, el escenario se llena de músicos que, aunque técnicamente capaces —eso sí; ¡más que nunca! —, han sacrificado la sensibilidad y la inteligencia musical por la filigrana visual que brilla en las pantallas de los móviles, pero suena hueca en la penumbra de los muy pocos clubes que van quedando y que antaño han visto días mejores.
Pero sin dejar atrás el fenómeno del aficionado y la pérdida de rigor. Cabe decir que no sólo erosiona la técnica y el legado, sino que, en mi modo de ver, pone en peligro también la propia comunicación artística. Y así sucede en el afán por destacar en el escaparate digital, que muchos músicos confunden la libertad interpretativa con una suerte de autoindulgencia subjetiva. A Bill Evans (h) me remito, quien ya en 1970 advertía sobre los riesgos de un jazz de vanguardia que, si bien era saludable en su espíritu, decía, a menudo carecía de organización. Evans sostenía entonces que la libertad absoluta, sin una «fuerza guía estética», corre siempre el riesgo de volverse tan personal que deje de relacionarse con el otro. Es más, sin esa disciplina que ordena el caos, la música se convierte, en palabras del pianista: «en el llanto de un infante en la cuna: es expresión, sí, pero nadie se atrevería a llamarlo arte».
Es pues hoy que esta advertencia cobra una vigencia alarmante. Ya que con frecuencia se olvida que el jazz es un idioma capaz de contar historias, de lo más descriptivo, acerca de todos y cada uno de los ámbitos de la vida; pero para ser entendido ha de ser honesto y preciso. Aunque, lamentablemente, al sacrificar sus fundamentos siempre suena vacío, carente de esas«energía química» y alma mágica que Levey y muchos otros consideraban «la verdadera herencia de los gigantes».
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No obstante, a pesar de habitar este panorama actual sombrío y desolador, la historia nos enseña a no subestimar la resiliencia inherente al jazz. Ya se dijo en boca de Hobsbawm, posee poderes extraordinarios de supervivencia y autorrenovación dentro de esta sociedad que no lo quiere. Y también la industria continuará mudando de piel escamosa, buscando capitalizar cada nueva tendencia; siempre ha sido así. Sin embargo, no muchos saben que el verdadero espíritu de nuestra música permanece ajeno a todas esas tretas comerciales. Sólo es necesario recordar, quizá hoy más que nunca, que el mundo jamás ha sido internet —sé que es duro para los más jóvenes—, que la música como tal, como medicina del alma, únicamente existe en el mundo real: se escucha y los músicos la hacen en el aquí y el ahora, lejos del brillo engañoso de las pantallas o del ofensivo ruido de los reproductores cutres. El verdadero tesoro nunca podrá ser capturado por ningún algoritmo. Y para que así sea, nosotros, los oyentes, debemos siempre reclamar lo nuestro. Debemos ser críticos con aquello que escuchamos. Apagar de inmediato la mediocridad, que no debemos permitir que robe nuestro tiempo. Pues tenemos derecho a recuperar esa voluntad de cerrar los ojos y mezclarnos con la historia que los que saben, porque la han vivido, nos relatan. Porque al final, si una obra tiene validez musical, tendrá siempre la oportunidad de permanecer mucho después de que el último servidor de TikTok se haya apagado —que ojalá sea pronto, por nuestro bien—, en el corazón de quien la haya sabido comprender acertadamente y, por qué no, la haya amado como lo que es: música reparadora, iluminadora, reconfortante, resiliente, hermosa…; alimento del alma humana; nada más alejado de los «ceros y unos».
Tomajazz: © Marcos Pin, 2026
Las imágenes ya no están generadas con Sora, pero sí gracias a la IA. En este caso están basadas y derivadas a partir de ¿Qué sucede hoy con el jazz? Si es que sucede algo… Prompt Engineer Pachi Tapiz. © Tomajazz, 2026
Notas
a. Hobsbawm, Eric. Uncommon People: Resistance, Rebellion and Jazz.
b. Carter, Ron. Jazz Conversation: Ron Carter. Library of Congress. https://www.youtube.com/watch?v=FKdP1ratv3M
c. Chinen, Nate. Playing Changes: Jazz for the New Century. Citado en entrevista con Jerry Jazz Musician. https://www.jerryjazzmusician.com/interview-with-nate-chinen-author-of-playing-changes-jazz-for-the-new-century/
d. Hodgkins, Chris. Cold Comfort and Home Truths. Informing the review of Jazz In England. cold-comfort-and-home-truths-informing-the-review-of-jazz-in-england.pdf https://share.google/v0nu8e8ZpWaYNW7vG
e. Marsalis, Wynton. The Jazz Review Interview. https://wyntonmarsalis.org/news/entry/wynton-marsalis-the-jazz-review-interview
f. Goodman, Benny. Kennedy Center Honors Legend: Benny Goodman (In-Depth Interview). https://www.youtube.com/watch?v=mATrtc56Cnw&t=1775s
g. Levey, Stan. The Beginnings of Bebop. https://www.youtube.com/watch?v=ZnHi0GR0REs&t=386s
h. Evans, Bill. Bill Evans interview 1970. https://www.youtube.com/watch?v=xix9KVnPxPY
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