La taquilla inversa
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—¡Venga, que sé que te gusta conducir! Pilota tú.
Toni dio las llaves del coche al contrabajista y los tres subieron al auto.
—Yo, si no os importa —dijo el batería—, echaré una pequeña siesta. Me encantan estos coches de gama alta. Aquí atrás se duerme de maravilla.
—Ja, ja —rio Toni—. Bien sabes que las veces que subo atrás en mi coche no son
precisamente para dormir y que nunca lo hago solo, je, je…
—¡Buf!, nos esperan kilómetros —alertó el contrabajista al tiempo que ponía el motor en marcha.
—Nah, con calma. Cuando te canses, conduzco yo.
Aunque los tres sabían que aquellos miles se los iba a comer al volante el mismo de siempre. Nada más dejar la ciudad, se hizo ese silencio incómodo que los pasajeros de cualquier vehículo, más aún un coche, sienten la imperiosa necesidad de romper. En esta ocasión fue Toni el que así lo hizo, después de girar la cabeza a la izquierda y comprobar que el batería de su banda dormía.
—Por lo menos no ha empezado a roncar como un porcino todavía; ji, ji.
El conductor sonrió, comprendiendo la broma. Pensaba en aquel instante en las muchas facturas que le aguardaban ese mes, para ser atendidas convenientemente a su regreso.
—Toni —soltó.
El copiloto indicó que aguardaba su pregunta con un giro ascendente de cabeza.
—El bolo de esta noche —prosiguió, buscando las palabras adecuadas que le permitieran sonar lo menos rudo posible…
—¿Sí?
—¿A cómo salimos?
El líder del grupo se tomó su tiempo en responder. Miró un breve instante a través de la ventanilla antes de volverse lentamente y responder:
—No lo sé.
El conductor alzó las cejas. De algún modo esperaba esa respuesta.
—¿Cómo que no lo sabes?
Toni meneó la cabeza. Luego confirmó:
—No. No tengo ni idea —hizo como que se limpiaba unas migas del pantalón—. Es uno de esos bolos a taquilla inversa.
El conductor apartó la vista de la carretera durante un instante en el que buscó los ojos de Toni, pero no fue quien de encontrarlos.
—Poco tráfico —el líder hizo un intento por cambiar de tema, sin conseguirlo.
—¿Qué quieres decir con que vamos a taquilla? ¡¿A la otra punta del puto país?! Toni optó por no decir nada.
—¿Sabes cómo ando yo de pasta? —le echó en cara el del asiento izquierdo, que a cada instante se acaloraba más—. ¡Joder, Toni! Yo sé que tú eres rico, ¡mira este coche!; pero muchos de nosotros tenemos bocas que alimentar. ¡Mierda! —Golpeó el volante con el puño, frustrado.
—Tranquilízate, hombre —lo calmó Toni, con el tono apaciguador de político que ofrecía siempre en ese tipo de ocasiones, mostrando ambas manos al frente, los dedos pegados por las yemas—. Ya verás cómo sale a las mil maravillas. Somos un trío que tiene nombre y tirón…
—¡Somos un trío de mierda! —interrumpió abruptamente—, que va a hacer miles de kilómetros para un bolo al que no va a ir nadie… ¡Cojones! —Golpeó el volante de nuevo, con mayor rabia.
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La mirada de Toni advirtió: «¡Ojo con el coche!». Aunque tardó en abrir la boca, lo hizo para sentenciar:
—La taquilla inversa es el verdadero medidor de una banda…
—¡¿Pero qué mierdas dices?! —sonó de repente desde el asiento trasero. Del que no tardó en emerger la estampa del rechoncho batería, que hacía rato que había despertado y escuchaba atentamente cómo discutían los de los asientos delanteros—. ¡Eso es para ti, que siempre vienen a verte tus familiares ricachones y te dejan pasta!
Toni no se sintió ofendido, para nada. Era cierto que su familia disfrutaba del jazz; les gustaba la música, eso estaba más que claro. Aunque también sabía que su tío, por ejemplo, aprovechaba los distintos conciertos para hacer negocios e impresionar a sus muchos socios al dárselas de bohemio amante de la música improvisada. Siempre decía que lo suyo hubiera sido la escena musical, y continuamente ponía como ejemplo a su sobrino Toni, del que decía una y otra vez: «Sin duda, lleva los genes de artista que yo poseo».
—Toni —llamó el conductor, ya más calmado—, sabes que tengo mujer e hija. No puedo hacer estas cosas. He de llevar un sustento a casa.
—Y lo llevarás, hombre —respondió seguidamente—, lo llevarás. Mañana verás, cuando entres en casa con la cartera repleta de billetes.
El batería, desde el asiento trasero, dejándose caer sobre el respaldo, rio sarcásticamente nada más escuchar aquello. Toni se giró bruscamente, buscándolo con la mirada.
—No sé qué te hace tanta gracia.
—¡Pff!
—Pff, qué…
—¿En serio no lo sabes, Toni? —El batería volvió a incorporarse sobre los dos asientos, encarando al que era líder del trío—. Este grupo sólo es rentable para ti —le echó en cara—, que eres quien siempre se lo lleva calentito —concluyó mostrando enfado.
—No digas tonterías.
—¿Tonterías? —exclamó el conductor—. Venga ya, di la verdad, ¿a qué vamos a «tomar por culo»? ¿Es un bolo y volvernos?
Hubo unos minutos de silencio que Toni no consiguió esquivar. Fue el batería, quien, al empujar el respaldo de delante con la rodilla, azuzó al dueño del coche para que desembuchara.
—Bueno… —dijo con tono victimista.
—¡Lo sabía! —interrumpió el contrabajista—, ¡lo sabía! —repitió—. Contigo siempre hay una segunda intención, ¡qué cabrón!
—¡Oye! —Toni fingió sentirse ofendido; a pesar de lo cual, prosiguió—: Vamos también por algo que puede ser interesante para vosotros dos. —Hizo hincapié en las dos últimas palabras, señalándolos con el índice y el medio de la misma mano.
—¿Y puede saberse qué es?
Toni no se hizo de rogar en esta ocasión.
—Vale, os lo cuento… Pero no puede salir de aquí.
Ninguno de los dos pronunció palabra; a pesar de que ambos sabían que siempre eran los últimos en enterarse de todo aquello que maquinaba Toni.
—No sé si sabéis…, este año volveré a organizar el festival de la ciudad.
—Algo se cuenta —confirmó el conductor.
—¿Y eso en qué va a beneficiarnos? —no dudó en preguntar el del asiento trasero—. ¿Será como habías dicho que iba a hacerlo el año pasado? —añadió sarcásticamente.
—Ya sabéis que no fue culpa mía…
—¿El que no quisieras hacer el bolo con nosotros?
—¡Venga ya, muchachos! Sabéis muy bien que sois mis músicos favoritos. Pero no podía dejar pasar la ocasión de tocar con… —Iba a decir «los grandes», pero se dio cuenta de lo mal que sonaría y prefirió callarlo; en su lugar, explicó—: Bien sabéis que si mi nombre suena, vosotros tendréis trabajo, que sois mi banda.
—Sí, sí, pero los billetes se los llevaron los yanquis.
—Y a nosotros nos queda la puñetera taquilla inversa…, ¡qué cabrón!
Toni fingió cierta vergüenza que no sentía en absoluto. Buscando una excusa o algo que apaciguase los ánimos, repitió una frase que ya había pronunciado en idénticas circunstancias en otras ocasiones:
—Sois unos catetos —sentenció—. No tenéis ni la menor idea de marketing.
El contrabajista exhaló por la nariz una corta risotada que denotó ironía. Y después de lo que acabó resultando ser un largo silencio y kilómetros y kilómetros de carretera, sintió el deseo de descansar.
—Habría que hacer una parada —rompió.
—Yo tengo hambre —se sumó el batería—. Podríamos comer algo.
Toni miró el reloj y asintió sin pronunciar palabra. Al rato, tomaban la curva que los sacaba de la autopista y detenían el coche en el aparcamiento frente al restaurante de una estación de servicio.
—Habría que echar gasolina —sugirió el conductor a la vez que se deshacía del cinturón de seguridad.
—¿Y la comida? —aprovechó para inquirir el batería antes de que nadie abandonase el vehículo—. ¿Te encargas tú de eso, Toni?
—De la gasofa, sí. La comida la pagamos cada uno la nuestra y luego haremos cuentas.
—Como la última vez… —Dijo para sí con sarcasmo el contrabajista mientras salía del coche.
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La comida transcurrió también en absoluto silencio. Cada uno de los tres dedicaba su pensamiento a causas particulares. Toni, incómodo dentro de aquel comedor desgastado, trazaba planes mentalmente acerca del festival que le habían encargado dirigir gracias a la intervención de su tío. Aunque no había contado nada a sus compañeros, el principal propósito de aquel viaje no era otro sino poder combinar futuras fechas con el dueño del local adonde se dirigían esa tarde; le vendría muy bien hacer un par de bolos antes del gran concierto con los músicos norteamericanos, con los que ya había apalabrado las fechas, y que sustituirían a aquellos dos que se sentaban frente a él comiendo en una triste área de servicio. Toni se levantó repentinamente tras mirar la hora en el reloj de su muñeca.
—Nos vemos en el coche —dijo en un tono que sonó a orden militar. La sección rítmica vio cómo pagaba lo suyo en la barra y salía.
—¡Qué cabrón! —dijo el batería masticando, previamente a regresar la vista a la camarera, de la que no había quitado ojo en toda la comida—. Al final, sus antojos de niño rico nos cuestan dinero —y concluyó—: Me voy al baño.
El contrabajista y Toni lo vieron salir del restaurante y acudir, caminando lentamente y cabizbajo, al coche donde lo esperaban ya listos para retomar el viaje. Nada más llegar al auto, abrió la puerta trasera con parsimonia. Con toda la calma del mundo, se acomodó en el asiento trasero. Buscó el cinturón de seguridad, que abrochó; y miró al frente. Su rostro se reflejó entonces en el espejo retrovisor, que el conductor observaba con el motor ya encendido, listo para iniciar la marcha atrás que sacaría al grupo de aquel parking. Sobresaltado por la imagen, exclamó:
—¡Hostia! ¡¿Qué te ha pasado?!
Inmediatamente, alertado por el tono de voz del de al lado, Toni se giró en su asiento para encontrarse de frente con el rostro de su compañero, donde vio el ojo amoratado que traía.
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—¡Joder! —exclamó—, ¡¿qué es eso?!
—¿Qué ha sido? —preguntó por segunda vez el contrabajista, fijando el freno de mano, que previamente había liberado nada más subir al coche el percusionista—. ¿Te has caído en el baño?
El batería respondió con cierto tono avergonzado:
—¡Qué va! Nada de eso… —Aguardó un breve instante en el que tragó saliva—.
Simplemente no le ha gustado mi proposición a la camarera…
—¡No me asustes!, ¿qué has hecho? —quiso saber el contrabajista. Toni rio pícaramente.
—No, no… —respondió el del asiento de atrás—. Nada de lo que pensáis…, ¡ojalá! Simplemente me dijo que tenía que preguntar al jefe, en cocina, lo de mi propuesta de pago inverso y…, bueno, la respuesta salta a la vista.
«¡Y tanto!», pensó Toni cínicamente. «¡Qué negro se ve!». Se le escapó la risa de rico.
Tomajazz: © Marcos Pin, 2026
Las imágenes ya no están generadas con Sora, pero sí gracias a la IA. En este caso están basadas y derivadas a partir de La taquilla inversa. Prompt Engineer Pachi Tapiz. © Tomajazz, 2026
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