Dead Cheese Jazz Quartet. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica] - Tomajazz - Dead Cheese Jazz Quartet es la aportación de Marcos Pin en la primera entrega de la temporada 25ª de sus Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica

Dead Cheese Jazz Quartet. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica]



Dead Cheese Jazz Quartet

Son famosas, y a todos nos generan interés, esas historias que cuentan de músicos que sólo tocan con sus propios instrumentos o con una marca y modelo concretos. A mí, en esta línea, siempre me han llamado la atención los grupos de rock caprichosos, que únicamente salen a escena si tienen a su disposición tantas toallas de tal color en los camerinos, o un buen número de rosas concreto, una alfombra peculiar sobre la que poner las botas embarradas… Me fascinan los intérpretes que mantienen un vínculo tan estrecho con el trozo de madera, las cuerdas, o un poco de metal que es un instrumento.

Para esos lectores que buscan ejemplos, me viene a la memoria Mozart en Viena. Lo cuenta, de su puño y letra, el padre del genio, en una de esas cartas que enviaba a su hija durante las visitas que hacía al muchacho por entonces a la «gran ciudad»: el hombre echaba las manos a la cabeza al ver que, cada vez que el chaval tenía bolo, que eran muchos, sobre todo en los primeros años, fornidos caballeros irrumpían en la casa para cargar el piano y llevarlo allí donde fuera que el de Salzburgo tuviera que tocar, pues se negaba a poner sus manos sobre otro instrumento que no fuera el suyo.

Y hablando de padres, otro ejemplo lo ofrece el también pianista Glenn Gould junto a su famosa silla. En este caso, el que muchos consideran mejor intérprete de la magistral obra de Bach siempre tocaba sentado en la butaca que su padre le construyó cuando el muchacho empezó a tocar piano, y así se le quedó de chica, claro.

Sin embargo, aunque pudiera parecer lo contrario, estas cosas no suceden tanto en el mundo del jazz; a excepción de algún que otro también pianista tiquismiquis, capaz de cancelar lo que queda de concierto si ve que alguien le ha hecho una foto, estornuda o aplaude en el momento «equivocado» (no voy a dar nombres). Con todo, lo que sí sucede a menudo en este mundillo musical de la improvisación es algo parecido, también relacionado con la superstición: la cosa de los amuletos.

En cierto modo, sucede lo que en los deportes: eso de que uno se carga de elementos que le dan suerte para que el equipo gane, o el otro pierda; viene a ser lo mismo. Así también, de manera similar, el músico de jazz se nutre de diferentes objetos para que el solo le salga bien; da igual el resto, el solo es lo importante.

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Y en este sentido he conocido unos cuantos: desde el que pone la foto de Coltrane en su atril, el que cuelga un muñequito del soporte del timbal, el pianista que no viaja sin su estampita en el bolsillo… Pero el caso más curioso que he vivido fue el de un músico, amigo mío y compañero de escenario en infinidad de ocasiones, del que no voy a desvelar su nombre, por supuesto, ni el instrumento que toca.

Durante muchos años, tocó siempre con el mismo calcetín; uno que jamás había visto el agua ni el jabón. Y sólo uno. Porque el del otro pie sí que lo cambiaba, ¡gracias al cielo!

Recuerdo que la primera vez que tocamos juntos fue a cuarteto en un club pequeño. Yo estaba a punto de decir al dueño que pudiera ser que tuviera un problema con las cañerías del local, pero fue otro compañero del grupo, uno a quien le pregunté por el mal olor nada más advertirlo, quien tuvo a bien informarme de las supercherías del compañero.

¡Lo que faltaba!, dije, tocar jazz, que ya gusta tanto a las masas de por sí, y, encima, bajo alerta por nube tóxica.

Fue por aquel entonces cuando tomamos la solemne decisión de tocar free. El compañero del calcetín nunca lo supo, mas nosotros, los otros tres, creímos oportuno mudar a ese estilo, porque ayudaba a expresar nuestro malestar; los garitos no se empeñaban tanto en que llevásemos público, y, por qué no decirlo, el olor ayudaba a crear la atmósfera que definía nuestro estilo.

Una noche, en medio de una gira de fin de semana, o lo que es lo mismo, dos bolos, no tuvimos más remedio que compartir habitaciones, que eran de dos camas. Todo el día, el viaje y el concierto, lo pasamos con los dedos cruzados de ambas manos; el único al que le daba igual hacer sorteo o no… bueno, ya sabéis a quién.

Yo duermo junto a cualquiera de vosotros, nos dijo; nosotros tres tomamos aquello como una especie de amenaza.

Fue a mí a quien tocó compartir habitación con Queso Muerto. De ese modo acabamos también llamando al grupo, pero en inglés, que siempre da más caché: Dead Cheese Jazz Quartet.

Cabe decir que, como banda, nunca llegamos a sacar disco; aunque conservo las docenas de grabaciones de conciertos, que me da miedo escuchar, por temor a que aquella peste regrese a mis fosas nasales en la forma de un recuerdo. Ya sabéis que la música tiene el poder de evocar momentos, y no quisiera arriesgarme a revivir alguno de aquellos.

Por desgracia o fortuna, el grupo se deshizo en cuanto nuestro compañero dejó de llevar «el calcetín». Eso sucedió a los pocos días de haberla conocido a ella, a Susana, la mujer con la que acabó casándose y teniendo un par de niños estupendos.

Ella misma nos contó, tiempo ha, que durante la primera cita con él no sintió sino náuseas, pero creyó que el problema estaría en las cañerías del restaurante.

Nos explicó, cuando ya había cierta confianza entre nosotros, nuestro compañero nunca supo nada de esto, que días después, una noche en la que Queso dormía plácidamente, se atrevió a coger el calcetín con unas pinzas de barbacoa, de las que luego también se deshizo, del cajón donde lo guardaba, muy bien dobladito siempre, pero acartonado.

Yo ya sabía que lo cuidaba así, porque se lo había visto guardar en el cajón de su mesilla aquella noche en que compartimos habitación.

Susana prosiguió relatando que lo llevó al baño y lo dejó caer en la bañera, donde echó gasolina y prendió fuego.

En cuanto hubo limpiado la «escena del crimen», por el bien de la Humanidad, ella regresó a la habitación y se lo encontró despierto, incorporado sobre la cama, con la manta sobre las piernas.

Era otro, nos contó, parecía incluso más joven… Sonreía como un niño feliz. Esa misma mañana me pidió matrimonio.

Nuestro amigo lleva ya años tocando con las mejores bandas, y de renombre internacional. Es un músico solicitadísimo. Eso que Susana hizo por él no tiene nombre.

Entre nosotros siempre decimos que rompió una maldición, sobre él, ella y el grupo: es realmente una heroína.

Sin embargo, este fin de semana, el pasado, nos reunimos en el club de la ciudad los Dead Cheese para celebrar la efeméride de nuestro último bolo. Fue maravilloso vernos todos de nuevo.

Por supuesto, hicimos alguna pieza sobre el escenario, ante una sala bastante llena.

Aunque he de decir que allí había algo… que olía mal.

Es un club muy viejo, han de ser las cañerías.

Tomajazz: © Marcos Pin, 2026
Las imágenes ya no están generadas con Sora, pero sí gracias a la IA. En este caso están basadas y derivadas a partir de Dead Cheese Jazz Quartet. Prompt Engineer Pachi Tapiz.  © Tomajazz, 2026

Más información sobre Marcos Pin y Dead Cheese Jazz Quartet

https://www.deadcheesejazzquartet.com/

https://www.instagram.com/marcospinmusic/

https://tomajazz.com/web/?s=marcos+pin&submit=Search

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