El Jazz da miedo (2026-11)
Estas son fechas de las de meter miedo, y no, no voy a hablar de política; tampoco de reguetón ni nada de eso; será de jazz, como siempre, en esta ocasión jazz terrorífico.
No sé muy bien cómo será la cosa por ahí, pero aquí en Galicia, a la noche del paso a noviembre la llamamos «O Samaín». Lo sé, lo sé…, la globalización —esa palabra que suma dos: imperialismo y capitalismo— hace estragos, y muchos se niegan a decirle en otro modo que no sea «Halloween». Pero da igual, en cualquier caso el asunto es asustar al personal en la noche de todos los santos. Sin embargo, es curioso, ya poca cosa da miedo; ¿será la edad?
Recuerdo, de niño, cuando cualquier película de esas de terror, por muy mala que fuera, siempre me obligaba a mirar bajo la cama antes de acostarme. Hoy en día ya ningún chiquillo hace eso. Sólo tiemblan ante la falta de wifi; ¡cómo cambia todo! Mas también pudiera ser que los mayores estemos ya curtidos en estos asuntos del terror, y que la realidad haya superado a la ficción —yo creo que con creces—, pues actualmente ya está el mundo como para que ningún muerto viviente nos hiele la sangre, sino los vivos (los muy vivos), ¡esos son los que acojonan!: esa panda de enfermos multimillonarios que, supongo que porque a la avaricia se le suma el aburrimiento, viven empeñados en hacer de nosotros esos zombis de los que hablo —al balbuceo de «pantaaalla», porque cerebro, cerebro…, lo que se dice cerebro, ya queda poco—. No obstante, tampoco el propósito de este artículo es hacer análisis social, ni mucho menos, sino, ya he dicho, hablar de música, de música que a veces da miedo, miedo, mucho miedo.
![El Jazz da miedo. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica] Tomajazz Imagen 1 El Jazz da miedo. Por Marcos Pin [Relatos de jazz AKA Jazzología nórdico-galaica] - Tomajazz - El Jazz da miedo es el título de la entrega de Marcos Pin en noviembre de 2026 en su sección Jazzología nórdico-galaica](https://tomajazz.com/web/wp-content/uploads/2026/11/Imagen-1-600x600.jpg)
Así, me viene a la cabeza una conversación que escuché de refilón —es decir, pegando la oreja— hace años, al tiempo que tomaba un café en un popular local madrileño, después del concierto de un cuarteto del que, como de costumbre, no daré nombre, por eso de no incomodar a nadie, aunque sí que puedo contar que era el clásico cuarteto: saxo, piano, contrabajo y batería, en un bolo típico que no había sido gran cosa: no llegando a ser uno de esos de los que sales despavorido, fue uno de muchos: agradable, pero no memorable; correcto, mas un pelín soso; profesional, y sin embargo anacrónico. Al acabar, porque llovía, me resguardé en el bar que cuento, pedí un café, me fui a una de las mesas e hice lo que todo el mundo: sacar el móvil zombificador.
La pareja joven a la que terminé espiando ya estaba allí cuando llegué. Bien que no reparé en ellos hasta haber escuchado, en boca de ella: «A mí esta música me da miedo». Aun así, la conversación se hizo con mi completa atención tras la réplica que él dio, adornada con el rostro característico de sorpresa que se te pone cuando alguien pronuncia algo que tú no osarías decir nunca: «¡¿Verdad?!, te juro, tía, que me entraron escalofríos». Dejé el móvil sobre la mesa, no sin antes esquivar la tentación de abrir la aplicación de grabar audio. Por alguna razón, intuía que, de aquella conversación que estaba a punto de fisgar, iba a sacar una buena lección de vida.
Cuchichearon de manera ininteligible un ratito, durante el que llegué a sospechar que igual mi presencia les incomodaba. Fue entonces cuando opté por hacerme el ausente y recuperar el teléfono entre las manos, disimulando. Aquello funcionó, y él no tardó en hablar a volumen normal. «Me pone muy nervioso ver cómo buscan las notas correctas y no dan con ellas», dijo. La muchacha se llevó ambas manos a las mejillas rosadas y pecosas, después exclamó muy sorprendida: «¡Verdad!», y añadió, cambiando el tono acompasivo: «Tiene que ser tan angustioso para ellos…». Inclinándose sobre la mesa, el joven terminó la frase: «…se les nota en la cara. Siempre ponen ese gesto de esfuerzo…»,
«…como si algo oliese mal…», interrumpió ella, «como de pisar mierda», aclaró él súbitamente. Quizá no venga a cuento, no soy adivino ni nada por el estilo, pero en aquel instante supe que esos dos estaban hechos el uno para el otro. Contrariamente al olor a mierda del que hablaban, allí mismo, yo respiré la presencia del mismísimo Cupido; a pesar de que el muchacho, cabizbajo, de algún modo, quiso disculparse: «Siento haberte traído al jazz en nuestra primera cita». A lo que ella no tardó en responder, muy animada, con ese brillo especial en las pupilas: «¡Qué va! Me gusta el terror: …ya con pocas cosas se pasa miedo». Sospeché entonces que la pelirroja se había dado cuenta de que yo tenía la oreja puesta, ya que sentí cómo me observaba por un instante, mientras yo, inconscientemente, asentía moviendo la cabeza de arriba abajo: también creía que ya pocas cosas asustan.
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Con todo, y ya que estamos, hablando de conversaciones, también me viene a la memoria una muy corta. Una que mantuve una vez con un compañero entre pases, acodados ambos en la barra del bar del garito. Recuerdo que él, muy hablador y, como buen jazzista, también introspectivo —por no decir otra cosa—, me lanzó una de esas preguntas que siempre respondía él mismo, por ser él una de tantas personas que sólo atienden a razones personales —aunque dé la impresión de no ser así—; vamos, un «yo, mí, me, conmigo» típico del jazzista contemporáneo. La pregunta en cuestión decía algo como: «Oye, ¿a ti Metheny no te da miedo?». Pensé en los pelos, lo primero, luego en la guitarra esa MIDI que lleva y aparece de repente en los temas, poniéndolo todo ahí bien arriba… Iba a decir que no sabría decirle, pero enseguida se autorrespondió: «He visto un vídeo de él en YouTube, poniendo a parir a Kenny G.» —como para no hacerlo, me dije; y acto seguido me vino la imagen de la melena rizada del saxofonista (cosa que tenemos los calvos)—. De nuevo estaba a punto de hablar yo cuando se me adelantó: «No lo entiendo». Entonces sí que pude meter baza, con calzador, solté un «¿el qué?»; al que contestó: «Siempre estuve convencido de que el sonido G. quedaría como un guante en el Pat Metheny Group». Palidecí de repente y, no me digáis cómo ni por qué, miré inmediatamente a ambos lados: tuve la sensación de que el guitarrista nos observaba, por imposible que esto pueda resultar, siempre pienso que Metheny nos vigila a todos, que es una especie de Gran Hermano. En ese momento sentí mucho miedo, miedo del de verdad, el miedo que se te pega para toda la vida, y desde aquella noche, cada vez que escucho un disco de la genial banda de Mays y Pat, no consigo deshacerme de la imagen del saxofonista: sobre el escenario, agitando su melena junto a la de Metheny, a la par que hacen música juntos.
En fin, no lejos de compartir estas dos historias terroríficas, quisiera cerrar con una tercera, de reciente suceso. También en la capital, pero de aquí, de la «zona Samaín». Hace un par de semanas que toqué en un club —igual lo correcto sería decir «el club», porque cada vez quedan menos—. El caso es que se me erizaron los pelos de la nuca mientras caminaba por las estrechas, empedradas y oscuras calles que llevan al local, nada más reconocer a la pareja de madrileños, la de hace años en la cafetería, esa a los que espié. Se me heló la sangre cuando los vi pagando la entrada y luego tomando asiento… Me dio un vuelco el corazón en el momento en que la vi a ella sacar del bolso un vinilo original de American Garage, cuya portada observaron ambos con los ojos de quien acaba de adquirir una joya, esos mismos ojos con los que se miraban aquella noche. Temblé nada más ver —de soslayo primero, luego clavé la vista— la camiseta de él, que mostró al sacarse el jersey, donde podía leerse junto a un año: «Kenny G. Tour». A través del castañeo de los dientes, se me escapó: «¡El jazz da miedo!».
Moi bo Samaín a todo Tomajazz!
Tomajazz: © Marcos Pin, 2026
Las imágenes ya no están generadas con Sora, pero sí gracias a la IA. En este caso están basadas y derivadas a partir de Dead Cheese Jazz Quartet. Prompt Engineer Pachi Tapiz. © Tomajazz, 2026
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